Less is mode

La rutina periodística ha convertido las entrevistas por email en algo habitual. No hay tiempo para desplazamientos, tomarte algo y divagar cuando tienes una pila de páginas esperándote para ser cerradas en un par de días u horas.

Hace unos días conocí a Stéphanie Anspach. Estuve tentada de mandarle un cuestionario a su agencia de comunicación pero al final decidí lanzarme con un tête à tête en mi todavía macarrónico francés. Su juventud, una colección pura, estructurada y pensada al milímetro, y unos jerseys de punto que son amor del bueno me empujaban a ello. En rue Darwin, una de mis calles favoritas, me encontré con una carita de ángel de veintipocos años que apenas aparenta dieciséis, de cabeza muy bien amueblada y serena rotundidad.

SS 2015 Stéphanie Anspach 


Hace casi un año, Stéphanie se lanzaba a la calle en jersey y bragas junto a un grupo de amigas. Quería dar a conocer su primera colección, totalmente centrada en tops de punto y, a falta de otras prendas, se calzaron las zapatillas y recorrieron así el metro bruxellois. “Tenía claro que, si el jersey era suficientemente bueno, no necesitaba de nada más”, me explica como si tal cosa. En la parte trasera de aquellas bragas blancas podía leerse “Less is mode”, el logo y filosofía de Stephanie, en claro homenaje al arquitecto Mies van der Roher y su célebre frase “Less is more”. “Aspiro a que se identifique mi marca con lo natural, la pureza y, a la vez, la elegancia. Mis colecciones están muy centradas en el producto,  de cortes impecables, fabricado con los mejores materiales (la lana y el algodón son italianos) y en talleres locales”, añade Anspach.

Le pregunto qué da más miedo, esperar la reacción de la gente en la calle en aquel momento, probablemente sin idea de moda y con más sorpresa que interés, o la de los expertos de la industria y los editores de moda: “Yo no tengo miedo, hago lo que me gusta, lo que creo que podría llevar la gente de la calle. El miedo puede paralizarte y hacerte caer en la tentación de seguir las tendencias y acabar haciendo lo mismo que el resto”. En su defecto, Stéphanie aboga por colecciones atemporales, tan válidas el año de su presentación como al año siguiente, basada en básicos perfectos que sientan bien y acaban convirtiéndose en uniformes de vida.

Sus fuentes de inspiración se encuentran en dos tipos de música absolutamente antagónicas: el rap y las melodías setenteras de Jane Birkin y Serge Gainsbourg. “Yo no creo para el festival de Cannes, sino para la calle, por eso el rap me ayuda a inspirarme. Mi estilo es casual, algo deportivo, como el suyo, con cortes oversize  que facilitan el movimiento del cuerpo. Es una música que va directa al grano, guerrillera y destila una energía que me impulsa”. Y añade: “de Birkin y Gainsbourg me quedo con ese aura de artistas bohemios, su naturalidad sin brillos y artificios”.

Sin embargo, “como ejercicio de exorcización” inicial, su colección primavera-verano, la primera completa, no parte de la música, sino de un problema que la reconcomía: la nula relación con su padre. Tomó una de las pocos fotos de ambos, cuando la pequeña Stéphanie era un bebé, y se inspiró en el algodón de las sábanas, el cabecero de rayas azules y los floridos estampados de los cojines. “Esta primera colección me sirvió para sacar toda esa tristeza, exprimirla de una manera creativa y, de hecho, reencontrarme con mi padre”, explica Stéphanie. El padre de la diseñadora se topó con aquella historia por casualidad en la prensa belga y hace poco retomaron el contacto.

Stéphanie Anspach, de bebé, con su padre. Foto de inspiración de la colección SS 2015


Me cuenta que esa madurez tan joven y su claridad de ideas vienen precisamente de aquellos capítulos un tanto agrios de su historia familiar. “El hecho de haber vivido algunos episodios duros en mi vida me ha hecho fuerte para no temer a nada”, dice.

El resultado, una propuesta estival que sorprende por atemporal y a la vez contemporánea, por cortes pulidos y minimalistas y un allure de innata elegancia. También la modelo, muy joven, casi una niña, es parte del mensaje. “Para mí era muy importante transmitir esa imagen de pureza en mi primera colección completa. Además, me encantan los contrastes, me gusta el juego que se crea entre su rostro de bebé, naif, y una propuesta rotunda y clara”, añade.

Tras conseguir vender su colección de punto en algunas de las mejores boutiques de Bruselas (Cachemir Coton Soie y Vert Chausseur) y Amberes (Step by Step), sus planes para el 2015 son desarrollar su propia tienda online y hacerse con nuevos puntos de venta internacionales. Mirando más al futuro, no duda: “La pasarela de París. Aunque, tal y como cambian las cosas en esta industria, quizá cuando pueda llevarlo a cabo ya ni existe”.




Un verde imprescindible

El matrimonio Eames, su salón, su monstera gigante...

Atención: alarma trendy vegetal. No paro de ver monsteras deliciosas por todas partes. Instagram, blogs de decoración, de moda, tiendas guayonis, mi restaurante peruano favorito…. Me topo varias veces al día con esas hojas superlativas de caída teatral y me entran unas ganas irrefrenables de convertir mi casa en toda una selva amazónica.

GQ USA ya dio con las palabras mágicas para casi convencerme de mi necesidad esta primavera: opulenta y acaparadora de miradas, de rápido crecimiento y apta para jardineras patosas. Y, aunque al principio me negué a la evidencia, encontrarla en la estilosa casa de los Eames no ayudó. Y mucho menos en el estudio del fauvista Henri Matisse donde la monstera no fue solo planta, sino también musa.

Excesiva y melodramática, si la monstera fuera humana, sería una ricachona pirada venida a menos, de esas que mueven mucho las manos, y a las que no sabes si odiar o admirar. Como una trágica little Edie Beale con el vulgar sino de tener que  hacer la fotosíntesis.

El estudio de Matisse y La Gerbe (1953), una de sus últimas obras


Cosas que adoro de Bruselas (III). Las segundas vidas


Vale, no estoy descubriendo América si digo que se lleva rebuscar entre los bártulos de la abuela, darles una capa de pintura (véase el furor por el chalk paint y los vídeos DIY en Youtube) y convertir lo viejo en nuevo.

Pero sí es cierto que, en España, se trata de una tendencia relativamente reciente. Nosotros, que hasta hace poco vivíamos en una abundancia y hapyness que creíamos eterna y a los que tanto nos cuesta apreciar lo nuestro, éramos más de comprar, tirar y volver a estrenar a la velocidad del rayo.

Quizá debamos agradecer a la crisis el ser ahora más conscientes de lo que tenemos y de las muchas posibilidades que tiene aquella cómoda heredada con un buen lavado de cara.

Lámpara de REstore, uno de los artistas participantes en UP Store

El caso es que aquí en Bélgica comprar de segunda mano no es ninguna novedad. Además –y esto es una afirmación absolutamente subjetiva-, tengo la sensación de que el belga medio tiene un mayor interés y un ojo más trabajado para el diseño y la decoración. Y con esto no me refiero a los modernos de Dansaert, sino a gente de la edad de nuestros padres y abuelos, que están acostumbrados a amueblar sus casas con mezclas absolutamente eclécticas de nuevas adquisiciones, herencias y tesoros de mercadillos diversos. Y todo con la mayor naturalidad.

Aquí,  además de que las tiendas de segunda mano están absolutamente normalizadas -no son las tiendas de moda en los barrios de moda-, todos los veranos y por barrios, la gente organiza brocantes súper caseros y saca a la acera todos aquellos enseres de los que se quiere desprender. Y a ello se unen las numerosas webs y grupos sociales que proliferan en Internet que promueven el trueque y la compra de cosas usadas (pssst., el "Segunda Mano" belga es como la cueva de Alí Babá para los amantes de la decoración, con miles de tesoros a precios de ganga).

Por eso no extraña que una de las organizaciones de carácter social con más prestigio sea Les Petits Riens, una ONG que ayuda a personas que han tenido problemas (alcoholemia, cárcel, etc.) a reinsertarse en la sociedad, gracias a los ingresos que consigue de la venta de muebles, electrodomésticos u objetos de decoración cedidos por otros. Su edificio principal, en rue Américaine, es una especie de bazar marroquí a lo belga donde pasarse horas rebuscando.

Sin embargo, lo que le hace más especial todavía son sus iniciativas absolutamente innovadoras. Su desfile de moda anual –que los diseñadores invitados llevan a cabo con prendas recogidas en el mismo centro- es uno de los eventos más esperados de la capital. La novedad de este otoño está siendo Up Store, un espacio efímero (sólo hasta el 23 de diciembre) que han creado en la misma sede para fomentar el upcycling, una vuelta de tuerca al reciclaje que pretende, no solo crear nuevos objetos o darles nuevas vidas, sino diseñar productos con desechos de mayor valor que los originales. El holandés Piet Hein Eek es uno de los rostros más conocidos que lleva a cabo esta técnica.

Así, Les Petits Riens pidió a una treintena de diseñadores belgas que dejaran volar toda su creatividad, escogieran aquello que quisieran de los cachivaches recogidos por la ONG y simplemente crearan. El resultado es de veras espectacular. Un espacio que recrea una casa, con su salón y su habitación de bebé, absolutamente de diseño, en la que campan muebles de inspiración midcentury con lámparas de formas orgánicas y toques algo kitsch, como platos estampados reconvertidos en relojes. Una selección de muebles y decoración realmente inspiradora y personal, además de absoluta edición limitada. Y todo, por supuesto, se vende. “Queríamos que las piezas se mantuvieran accesibles, aunque no hay que creer que reciclar materiales lleva consigo unos precios ridículos. Al contrario, el trabajo de selección, reparación, preparación y customización es considerablemente más importante que la utilización de nuevos materiales”, explicaba Stéphanie Gosuin, coordinadora del proyecto y una de las artistas de esta increíble metamorfosis de la materia.

Imagen de REstore
Imagen de Chic & Sheep




How to be Belgian wherever you are (I). L'apéritif


En el universo expat –como nos llaman a los de fuera en Bruselas- es muy común sufrir el efecto de la balsa de aceite. Básicamente, vivimos en un país que no es el nuestro pero sin enterarnos apenas de nada de lo que sucede alrededor. Sabes dónde está el supermercado, el autobús que te lleva a trabajar y el recorrido turístico básico para cuando vienen a visitarte. Pero no tienes ni idea de la actualidad del país –porque la poca tele que ves son las noticias del canal internacional de TVE- y mucho menos has tratado con locales más allá de en tiendas y restaurantes. Estamos pero no estamos.

La semana pasada nuestros vecinos –belgas- nos invitaron a un apéritif el domingo por la tarde. Para poneros en antecedentes, se trata de un matrimonio que, por edad, podrían ser mis padres, una pareja muy amable que lleva viviendo cuarenta años en el edificio pero con la que apenas me había saludado en el portal y de la ni siquiera sabía sus nombres. Lo primero que pensé es que había trampa: quizá nos habían invitado a su casa para, en su terreno, decirnos que éramos unos españoles terriblemente ruidosos; o se trataba, sin embargo, de una propuesta para aunar fuerzas contra los del tercero, que no son especialmente simpáticos…

Corrí a mi profesora de francés, Anna –muuuy belga-, para que me diera algunas pautas básicas con las que dominar la situación y lo primero que hizo fue avasallarme a preguntas (¿qué día es?, ¿a qué hora?, ¿es con más gente o solo vosotros?, ¿vuestra niña está invitada o es sólo para adultos?). Está claro que esto no me dio mucha más tranquilidad y empecé a percatarme de que había más ritual del que inicialmente había pensado.

imagen de pinterest


Tras mi estudio acelerado inicial y mi trabajo de campo el domingo, aquí van algunos de los detalles que más me sorprendieron:

-No te quites los zapatos al llegar a su casa. Los españoles subimos unos kilómetros hacia el norte y ya nos creemos que todo son arenques y calcetines al aire. En Bélgica, sin embargo, es una práctica bizarra y, si el anfitrión es un poco escrupuloso, le resultará bastante guarrada.

-Cuando se visita, hay que llevar un pequeño regalo. Pero sin pasarse: “tan malo es quedarse corto, como avasallar con algo demasiado grande”, me dijo Anna.

-Si el apéritif es con más personas, con llevar una botella de vino basta. Pero ojo, no se trata de una botella que os beberéis en casa del anfitrión, es un regalo. Así que no os extrañe que no la abra.

-Si el apéritif se ha preparado solo para vosotros, acompañad la botella con algo más, que elegirás teniendo en cuenta la hora en la que va a ser el apéritif y quién es el anfitrión. Es decir, si es una pareja, no pega llevar un bouquet de flores, si es tarde/noche, mejor algo salado que dulce. Nosotros elegimos una pequeña cesta con algunas latas de foie gras, una especie de fuet francés y mermelada de cebolla. Y la misma filosofía que con la botella de vino: es un regalo, no probamos nada de la cesta.

-Por muy majos que sean los anfitriones, no te apalanques. Una hora y media, dos horas, es el tiempo máximo, ya que, si no te han avisado antes, la cita no acabará en comida o cena. Aquí no es: “qué bien estamos de charleta, espera que saco un poco más de chorizo y tuesto pan y hacemos merienda cena hasta las mil”. Y, por supuesto, no esperes a que te echen, tras el tiempo prudencial despídete.

-Un detalle curioso es que, al comentar posibles excusas para marchar con mi profesora, le propuse decir que nos teníamos que ir porque Martina debía cenar. A lo que ella me respondió que mejor no, ya que, ellos ya nos estaban ofreciendo comida (aunque fueran unas patatas fritas) y que podía quedar mal.

En fin, como veis, aquí la vida lleva en sí algo más de protocolo. De todas formas, al final la cita fue mucho más natural de lo que yo esperaba –aunque se cumplió todo lo anterior-, y una experiencia interesante para empezar a romper ese aceite e ir bajando poco a poco a tocar agua. La conversación fluyó, nos reímos y quedamos en vernos de nuevo más adelante –la próxima en nuestra casa, claro-.

Pd. Para los expats que me leen. Por lo que he podido contrastar, no es muy habitual que el vecino te invite a un apéritif si te conoce solo de hola y adiós. Así que no creas que tienes un vecino borde si no lo hace, parece simplemente que los míos son especialmente majos!

Caprichos y apetencias de otoño

Lo de adelantarse al momento siempre se me ha dado bastante regular. Por eso, escribir sobre lanas, grados de menos y planes al calor de la chimenea me daba mucha pereza cuando fuera lucía un radiante sol y vivíamos hasta hace nada en una especie de verano aletargado que no se quería despedir (sí, también aquí en Bruselas).

Pero lo que sí se me da estupendamente son las listas y, llegada –de verdad- mi estación favorita, es el momento de ponerse a ello. Aquí van mis caprichos y apetencias de la temporada:

Imagen de Nipomo


-No hay otoño que no se inaugure con una nueva manta. Los jerseys y las botas están muy bien, pero la primera compra de todas ha de ser una manta digna. Requisitos indispensables: que sea de un material gozoso y visualizarse ipso facto en modo canelón. La elegida este año es de Nipomo, una firma californiana que comercializa las preciosas creaciones de una familia de artesanos mexicanos. Sus estampados geométricos, de animales y esos juegos de colores hacen que me estrese cada vez que intento elegir modelo. Y cuando pase el frío, la extenderé en el parque o en la playa y me montaré un picnic a la de ya.

-Sacar un brazo de la manta y atacar la tableta de chocolate de Saveurs & Nature. Los productos de la firma de chocolate bio francesa contienen uno de los mayores porcentajes de manteca de cacao del mercado y no incluyen grasas vegetales ni lecitina de soja. Pero, además de saber qué le metemos al cuerpo, el sabor –creedme- se nota. Mis favoritos son el de avellanas tostadas y el de flor de sal y mojar una onza cual galleta en un café bien caliente. Ojos en blanco.

Imagen de Midori

-Deshacerme de la aplicación de notas del iPhone e invertir en un cuaderno molón. Como el Traveler de Midori. La base son unas tapas de cuero rústico teñidas y cortadas a mano que se cierran con una simple goma elástica. Dentro se pueden incluir todo tipo de recambios para personalizarlo y adaptarlo a lo que necesites, desde una diario semanal, papel en blanco o de cuadros, archivadores… Y a partir de ahí, garabatearlo, manosearlo, desgastarlo y, en definitiva, darle vida.

-Ver la vida desde otra perspectiva: concretamente, desde la de unas nuevas gafas metálicas doradas. Que las gafaspasta son ya demasiado mainstream, que hace tiempo que perdieron su carácter intelectualoide –a quién queríamos engañar- y que a mí, personalmente, las mías me pesan. Ovaladas, aunque no totalmente redondas, que tampoco se trata de emular a John Lennon. Nunca lo hubiera dicho pero mi musa, en este caso, es la modelo Vanesa Lorenzo.

-Usar el mimbre cuando hace frío. Los capazos en verano me empachan terriblemente. Pero en invierno, cuando la fiebre de borlas, colgajos y bolsos bicolores o con mensaje llega a su fin, el mimbre vuelve a su ser, a su tono apagado y a su tacto un poco áspero. Y yo ya me veo como la chica de la foto, yendo al mercado, a comprar castañas, puerros y unos tulipanes; y guardarlo todo a su abrigo sin asquerosas bolsas de plástico. Como antes.

Imagen de pinterest

Una petición especial

Nos van a poner un andamio en la fachada. No sé que tengo yo con las obras, que parecen perseguirme. Es llegar a una casa y ponerse de acuerdo todos los vecinos para poner a punto el edificio.

Y en eso estábamos, en una larga y aburridísima cadena de emails vecinal, unos preocupados por el presupuesto y otros por cuánto durarían las obras, la limpieza, etc… A mí particularmente me preocupaba que las cortinas que había encargado para el salón no llegaran a tiempo y tuviera que dar los buenos días a los obreros durante dos semanas. Ya sabéis, problemas del primer mundo.

Y fue entonces cuando uno de los vecinos me sorprende felizmente con este mensaje que paso más abajo a traducir:




“Yo tengo una petición un poco especial.

¿Podría usted insistir –se lo dice al administrador de la finca- a los obreros que no tapen los orificios que se encuentran bajo la cornisa y que permiten que una colonia de vencejos aniden desde siempre en el desván? Cada año, asistimos con placer al baile de los padres que acuden a alimentar a sus pequeños. Nuestro gato lo encuentra también muy interesante aunque no estoy seguro de que sea animado por las mismas buenas intenciones que nosotros. Felizmente está la ventana… y él tiene vértigo.

Gracias por adelantado.

(El vencejo, especie protegida en Francia y Suiza, aquí no lo sé pero lo supongo)”.

No sé vosotros, pero yo propongo crearle un club de fans.

Imagen del salón de Manolo Yllera, que me fascina, en AD


Y hablando de pájaros, y de vencejos, que son muy parecidos a las golondrinas, ¿qué me decís de esas preciosas cerámicas para colgar en casa? Los que no tenemos la fortuna de vivir el milagro de la Naturaleza dentro de nuestras cuatro paredes, al menos podremos mínimamente evocarlo con la felicidad de saber que no corremos peligro de que migren.

Made For Each Other


Tengo una relación muy de amor-odio con Instagram. Me hace remolonear y perder el tiempo cuando no quiero arrancar y, sin embargo, termina sorprendiéndome, llevándome de la mano hacia grandes descubrimientos.

Si no, ya me diréis cómo hubiera dado yo con el taller de Aaron y Claire Van Holland, en North Hollywood, LA., un destino más que apetecible que, me temo, nunca he pisado. Los muebles que elaboran esta pareja de artistas me conquistaron por sus sencillas líneas midcentury y, más allá de ese primer vistazo, por su gran historia detrás.



En plena búsqueda de un pequeño proyecto en el que pudieran aunar diseño y sostenibilidad, Aaron heredó un granero familiar con más de cien años, que su padre estaba a punto de echar abajo. Toda la estructura de aquel granero había sido creada con abeto de Douglas, una especie que alcanza grandes tamaños y que, efectivamente, se suele utilizar para crear vigas y armazones.

Este hecho en principio aislado, no solo dio el empuje sino también la materia prima para poner en marcha mfeo Made For Each Other. Varoniles mesas de despacho, sillas asombrosamente curvas o un divertido espejo-estante triangular; piezas creadas una a una con el objetivo de disfrutarlas año tras años, hasta que sean heredadas por la familia. Según explicaba Aaron, Made For Each Other es una frase que aparece en la mítica película de Meg Ryan y Tom Hanks Algo para recordar: "nos gusta la idea de que cada una de nuestras piezas esté elaborada y destinada para un hogar especial". Y a quién no.



Todas las imágenes pertenecen a mfeo.

#facethefoliage


Ni tejer, ni pintar mandalas ni, por supuesto, hacer magdalenas. La interiorista y diseñadora norteamericana –entre otras muchas cosas- Justina Blakeney ha bautizado como #Facethefoliage la nueva forma de entretiempo cool: dibujar caras con hojas, semillas y pétalos de flores. Tal cual. Una afición, “terapéutica y muy divertida”, a la que se han sumado desde amas de casa a blogueras de éxito y la mismísima biblia de la moda, Vogue, que no ha tardado en demandar los servicios de Blakeney para retratar botánicamente a algunas de las caras más famosas de la industria.

Algunas de las imágenes de Justina Blakeney para Vogue


Justina Blakeney, un personaje inquieto y colorista del que os animo a visitar su web, blog y todas sus redes sociales, retrata con una maestría que a mí, torpe donde las haya, me parece milagrosa los rostros de Karl Lagerfeld, Diana Vreeland, Grace Jones o Grace Coddington a través de ramitas, pétalos de clavel o una especie de pequeñas lentejas. Y todo, como excusa genial para mostrar las joyas de Moda Operandi –una tienda online donde se pueden comprar las colecciones de las grandes marcas casi inmediatamente después del desfile-.

Impaciente y dada a que me suden las manos ante actividades de precisión, creo que yo de momento seguiré dibujándole pollitos a mi hija de dos años. Pero esta nueva tendencia flower power tiene pinta de ir a más. De momento ya es un fenómeno en Instagram y su hashtag acumula casi 1.700 publicaciones.

Creaciones de Simone Wit




Creaciones de Anne Van Ours

Señoras que no se manchan las manos


Siempre me han fascinado esas mujeres que parecen tener la elegancia, el estilo o como lo queráis llamar como parte de su ADN. Nunca tienen malos días estilísticos, no se levantan con pelos de haberse peleado con la almohada, lucen naturales, como si se hubieran arreglado en dos minutos, pero a la vez espléndidas todo el día y siempre huelen bien, el perfume parece durarles más que al resto de los humanos. En el mundo fashion y alrededores tenemos a algunos ejemplos, aunque reconozco que les quito algo de mérito. Al fin y al cabo, ellas se saben los trucos.

Las que de verdad admiro son aquellas con las que convives, ajenas a todo este tinglado de las tendencias. Aquellas que lo bordan sin saberlo, que sin interesarle lo más mínimo son portadoras de ese je ne sais quoi.

Me encontré por casualidad con la foto de Vera Scarth-Johnson (1912-1999) en un precioso libro que recomiendo, RHS Botany for Gardeners. Me maravilló su porte aristocrático, la seguridad de sus gestos y su estilismo exquisito. Me la imaginé como la mano derecha de Diana Vreeland o sentada en alguno de los muchos front rows que se van a suceder este mes.

imagen vía RHS Botany for Gardeners


Pero nada tuvo que ver ella con estas banalidades. De origen británico, terminó el colegio en París, pero poco le interesó de esta ciudad aparte de los jardines. Vera Scarth-Johnson es, en realidad, una reconocida botánica e ilustradora muy querida en Australia por su labor por conservar el hábitat y la vegetación del Endeavour River Valley.

¿Creíais que lucía esa pamela porque era tendencia? Posiblemente estaba en el huerto, transplantando una orquídea de Cooktown y utilizó el sombrero para protegerse del sol. ¿Amigos cool? Pocos podrán presumir de haber viajado por el continente con la tribu aborigen de los Guugu-Yimithir. ¿Empresaria y multitalented (como se hacen llamar algunas ahora…)? Fue una de las primeras mujeres en conseguir un permiso para plantar azúcar, sus 160 ilustraciones de plantas australianas conforman una colección botánica de valor incalculable, con su activismo consiguió que se creara el parque nacional de Endeavour River y cuenta con una reserva con su nombre y una medalla al honor por su contribución al país.

De servilletas de tela y hacerse mayor


Retomo el blog con una reivindicación: quiero que vuelvan los ajuares. Sí, esas colecciones de vajillas, cuberterías, ropa de cama y manteles que las familias iban guardando poquito a poquito para convertirse más tarde en el regalo de bodas.

Siempre me ha encantado rebuscar entre las cosas viejas de mi madre y mis abuelas, es como saber un poco más de la historia familiar, de lo que eran en otros tiempos en los que yo ni siquiera existía. Y si antes era en la ropa, ahora cada vez más rebusco entre las cosas de hogar. Me gusta pasar la mano suavemente por las sábanas de lino o de ese algodón almidonado antiguo, detenerme en los bordados de los manteles de hilo y celebrar cada día comiendo con servilletas de tela bordadas y la vajilla de Santa Clara. Es curioso como esas cosas hace muy poco tiempo me pasaban totalmente inadvertidas cuando ahora me parecen auténticos tesoros. Mi madre dice que es porque me he hecho mayor. Una señora de costumbres antiguas.

imagen vía etsy


Mi madre y mi abuela, las mujeres más generosas que conozco, se preparan cada año para el espolio estival. Es entonces el único momento en que hacemos el viaje desde Bruselas a casa de mis padres en coche, lo que para mí significa vía libre de peso y trastos. Y ahí están ellas, consintiendo con una sonrisa que me lleve de su hogar para que yo llene el mío. El año pasado fue la vajilla del ajuar de la boda de mi abuela y su lámpara de lágrimas del salón. Esta vez ha sido una mantelería y una pequeña licorera también de su boda. Por supuesto, no me importa si algún plato tiene un desconche o el mantel una mancha que ya nunca se fue, eso es parte de la historia.

Ahora está fatal eso de tener apego a lo material pero, qué queréis que os diga, a mí todo me sienta mejor cuando lo como con los cubiertos de plata heredada.

imágenes via pinterest aquí y aquí

Medicina para el estrés


Qué gran verdad es esa de que los flechazos se producen cuando menos lo esperas. Buscaba un espejo de estilo veneciano para colgar en la cocina y de repente me topé con la cerámica de Sophie Papazian. Miré aquellos deliciosos platos, de rasgos brutos –sin formas homogéneas, de trazos de pintura irregulares casi espontáneos y de bajos sin pulir- pero a la vez tremendamente delicados, y casi se me olvidó el primer objetivo de mi visita.

 Mi mente racional me devolvió a mi ser, hice mi compra inicial y me fui. Seguí la teoría para los caprichos: si no se te olvida, lo compras. Y allí estaba de nuevo a las dos semanas, nerviosa ante la obligación de elegir un modelo entre tanta preciosura.



Sophie Papazian es una artista de Lyon que habita en Cotignac, un pequeño pueblo de la Provenza francesa conocido por la gran roca bajo la que se asienta la localidad, sus casitas de piedra de los siglos XVI y XVII y por ser una villa de artesanos. Papazian tiene allí su taller donde pinta y crea esta cerámica floral, prensando sobre el barro las hojas  que recoge en su privilegiado entorno.

Al final, me hice con el pequeño platito que veis en las fotos y lo coloqué en la mesa de escritorio, en medio de una maraña de papeles rayados, juguetes de niña y tazas de té a medio terminar. Y, cuando me sobrepasa el caos, me paro y simplemente lo admiro. Y todo se pasa. A veces la vida tiene estas cosas así de fáciles.



Decomposition Books


Me paso los días delante de una pantalla. De móvil, de iPad, de ordenador…  Como el común de los mortales, la tecnología forma parte de mi vida en un porcentaje que a veces me asusta. Pero a la hora de hacer listas y ordenar pensamientos, eso, sin duda, ha de ser a mano. Es genial esa sensación de haber llenado una hoja de retos –más pequeños o más grandes, eso da igual- e ir tachando, garabateando, haciendo anotaciones durante el proceso. Tirar ese papel manoseado y sucio y volver a empezar es una de las pequeñas satisfacciones de mi rutina.

imagen vía pinterest


En mi viaje a Nueva York di por pura casualidad con los Decomposition Books, unos cuadernos 100% eco con gran variedad de preciosas cubiertas. Michael Roger, la imprenta familiar de Brooklyn fundada en 1949 que los fabrica, decidió darle una vuelta tuerca a los Composition Books, los tradicionales cuadernos que escritores y estudiantes han utilizado siempre en los Estados Unidos. Hojas de líneas azules y margen rojo, lomo de tela negra engomada, tapa de cartón duro en blanco y negro y un recuadro en el centro para apuntar el dueño, la fecha o el uso de esas páginas. Su sencillez ya era pura perfección.

A los españolitos seguro que os suenan porque nosotros también tuvimos la versión nacional de Miquel Rius, que se utilizaba en muchos comercios para llevar las cuentas y los pedidos -y que, como no podía ser de otra forma, mi querida Rocío de Real Fábrica los ha rescatado en su imprescindible tienda online-.

Pues bien, el plus de los Decomposition Books son esas cubiertas preciosas, de animales salvajes, que recuerdan a los libros infantiles de antaño, de románticos estampados florales, de bicicletas antiguas, o de aquellas que imitan a madera. La otra M casi desespera mientras yo intentaba decidirme entre una y otra.  Además, los cuadernos vienen con sorpresa en el interior: unas ilustraciones de Tony Millionaire, un conocido dibujante de cómics norteamericano, que imitan las infografías de los libros de texto antiguos en clave humorística.

Y ahora que somos un poco más conscientes de lo de comprar local, está bien saber que los Decomposition Books se fabrican en su totalidad en Estados Unidos, con papel reciclado y son impresos con tinta de soja y sin cloro para que puedan ser nuevamente reciclados. ¿Dan o no ganas de empezar a escribir y tachar?

imagen vía pinterest

imagen vía pinterest

Conclusiones sobre Nueva York

Hace más de un mes que no pasaba por aquí. Pero es que el papel de madre, trabajadora y estudiante todo a tiempo completo se me ha hecho un poco bola en las últimas semanas y he necesitado de un viaje a Nueva York para volver a encontrarnos. No era la primera vez que iba a la Gran Manzana (no me gusta nada ese nombre pero no encuentro un sinónimo mejor), por lo que esta vez dejamos de lado los clásicos. Además, no hay nada mejor como tener amigos allí para que la experiencia de insider sea completa (Gracias, Javi). No os voy a recomendar muchos sitios porque para eso hay otros blogs que saben mucho más que yo, ¿verdad querida Chefi?, pero aquí van algunos pensamientos y descubrimientos:

-Williamsburg es mainstream. Me recuerda mucho a la evolución que sufrió hace ya unos años la zona de Shoreditch, en Londres, que de ser un barrio auténtico, de gran diversidad cultural y de estilos que se mezclaban de forma absolutamente natural, pasó a convertirse en un teatrillo de moderneo y looks hiperestudiados. El nuevo reducto hipster (o como los llamen ahora) es Bushwick, al noreste de Brooklyn, una amalgama todavía libre y desordenada de naves industriales, locales clandestinos, galerías y lofts “permitibles” de increíbles ventanales. Allí acabé, por casualidad, en The Johnson’s, en un cumpleaños lleno de gente arty donde, entre otros, conocí a una chica que restauraba obras de arte contemporáneo en las que el hijo del dueño había pintado encima o derramado su yogur, o en las que alguien había vomitado durante una fiesta (ejemplos reales).

imagen via pinterest

-Las Birkenstock quedaron atrás. Y es que, señoras, lo que de verdad, de verdad, triunfa entre las creadoras de tendencias (que no fashionistas) es la avarca menorquina de toda la vida. Y cuanto más rústica, mejor: la de suela de rueda y doble costura. Las encontré en las tiendas más cool de la ciudad, como Beautiful Dreamers, y se las vi puestas a chicas con looks verdaderamente dignos de The SartorialistAquí se pueden comprar.

-Hacer cola es muy anglosajón. Pero si se trata de hacerla por una buena causa, la cola se convierte además en parte del plan. Es el caso de Shakespeare in the Park, obras de teatro del británico que cada verano desde hace 75 años interpretan importantes compañías del país en mitad de Central Park y cuyas entradas son totalmente gratis (a no ser que quieras ser sponsor y, en ese caso, te venden una por un módico precio de 300 $, no hay término medio). El “único” requisito es hacer una cola el día de la representación a las 12h00, momento en que se reparten. Mi amigo nos habló de colas de horas, de gente acampada, etc… ¡Pero lo conseguimos! La clave: escoger un día raro, de estos que parece que llueve pero no, y entre semana. Estuvimos apenas una hora que invertimos en disfrutar de ese precioso pulmón y en intercambiar opiniones con los de nuestro alrededor. Ni tan mal, ¿no? (Por cierto, solo dan dos entradas por persona y no se puede guardar el sitio).

-Ya se sabe lo que pasa en los días lluviosos de turismo, que hay que cambiar el plan a última hora y te puede salir genial o una calamidad. En esas circunstancias llegamos a The Cloisters, un museo inesperado, en medio del Front Tryon Park, en Harlem, desde el que se ve la preciosa bahía del río Hudson. En medio de una vegetación increíble, se esconde este museo, que pertenece al MET, y que parece una antigua iglesia románica europea, precisamente porque alberga en su interior eso: frescos, figuras, altares, tumbas o capiteles medievales, mucho de iglesias del norte de España. Una delicia para alejarse durante un rato del bullicio de asfalto, pitidos y gente corriendo.



-Por poco que hayas pasado por el Williamsburg Bridge, seguro que te has fijado en una nave industrial con una enorme chimenea. Se trata de la Domino Sugar Factory, construida en 1856 y la primera refinería de azúcar de la zona. Pues bien, ahora es un sitio de moda, uno de los lugares imprescindibles si te gusta estar al tanto del arte más contemporáneo y de vanguardia. La estrella del momento es una estatua de azúcar a gran escala de la artista afroamericana Kara Walker.

Y para terminar esta encíclica, os dejo con High Maintenance, una serie que se emite en Vimeo y que retrata de forma humorística distintos perfiles de neoyorquinos. Y la pregunta del millón: ¿cuándo volvemos?

Cosas que adoro de Bruselas (II). Dar la vuelta a la manzana


Un día cualquiera, dando una vuelta por el barrio, la otra M y yo tuvimos una histriónica discusión sobre qué ciudad, Madrid o Bruselas, era más bonita arquitectónicamente, teniendo solo en cuenta los edificios de viviendas. Sin monumentos ni palacetes. Yo me puso a defender a muerte el Madrid de mis amores aunque, días después, acabé dándole la razón a la otra M –odio decir esto- y clausuré que se trataba de Bruselas. Simple y llanamente porque esto es lo que me da la ciudad con poco más de una vuelta a la manzana:

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De California, tapices y demás manualidades

Tapices de Brook & Lyn

Mi hermana es la artista de la familia. Lo mismo te hace un dibujo, que se sube a unos zancos o te toca la flauta. Siendo muy pequeña, apareció en casa con un tapiz en preciosos tonos azules e hilos desbaratados que dijo haber hecho inspirándose en la playa donde hemos pasado toda nuestros veranos de la infancia.

No voy a contar cuáles son mis habilidades con las madejas, aunque teniendo en cuenta que soy la única persona que conozco a la que le han calificado en el colegio con una E en una manualidad de costura, quizá os podáis hacer una idea. Por eso me resulta curioso hasta a mí encontrarme delante del ordenador buscando cursos –cortos, eso sí- de tapices y textiles.

Lo cierto es que los tapices son un poco como los bolsos de tejido peruano esta temporada. Siempre estuvieron ahí, no siempre nos han gustado y este verano parecen despuntar como tendencia. Y el año que viene serán lo más de lo más y estarán hasta en la sopa. Pues lo mismo. Y si no, esperad a que Zara Home saque su versión high street

Sea como fuere, a mí los tapices me tienen maravillada. Sobre todo porque da igual todo lo demás, siempre funcionan genial. Incluso en aquellas estancias del tan de moda estilo escandinavo y aun cuando su origen está precisamente en la California de los setenta. Desde luego, nada que ver.

De momento, yo ya estoy a la búsqueda y captura de un mini telar con el que llevar acabo mis obras de arte. Y, si veo que con la edad mis habilidades con el hilo no han mejorado, siempre puedo dejarme caer por las tiendas de Brook & Lyn, New Friends o Native Textile, los tres talleres con los tapices más bonitos que has visto jamás. Solo espero que, en esto de mi universo craft particular, la siguiente fiebre no sean las magdalenas.

Taller de New Friends, fotografiado para Urban Outfitters

Brook & Lyn
Native Textile
New Friends

New Friends

Tan básico como la madera de pino

Conocí a Javier en una época un poco de transición para los dos. Era 2008 y ambos estábamos inmersos en proyectos un tanto “abstractos”, probando cosas nuevas. Compartíamos una mesa de trabajo enorme en forma de hoja en un espacio coworking en el centro de Madrid. Y eso también nos hizo compartir muchas conversaciones, inquietudes sobre el futuro –comienzo de la crisis de por medio- y, en los ultimos días juntos, pude también disfrutar de su alegría cuando el mismísimo periódico El País le contactó para publicar sobre su proyecto “Cásate conmigo”.

El caso es que desde entonces ha llovido mucho, pero las redes sociales tienen esa ventaja de que con ellas no pierdes el contacto con gente a la que hace mil que no ves, y puedes enterarte de sus éxitos a kilometros de distancia.

Así es como he ido sabiendo que aquel reportaje de El País fue el comienzo de muchos nuevos proyectos, muchos con premios, que le han decidido por fin a montarse el chiringuito de arquitecto por su cuenta. ¡Y se queja de que tiene mucho trabajo!

Uno de sus proyectos que más me gusta es la serie de mobiliario Basics, inspirada en los objetos de montaje y desmontaje y en la perforación como única transformación de los materiales. Me lo explicó tan bien hace unos días que he preferido que lo que cuente él mismo:

“La línea parte de Abril, una instalación que realicé el año pasado en una cafetería en Logroño. Allí es cuando utilicé por primera vez la perforación de la madera como recurso para introducir plantas, colgar cerámica, etc. Desde entonces y con un concurso de diseño de mesas por medio, pensé que podía extrapolar ese recurso a otras piezas y, aunque en su momento no llegué a realizarlo, quedó pendiente de llevarlo a la realidad.

Estas navidades me puse a ello. Realicé el prototipo (Basics #1 y #2) y a partir de ahí, sin esperarlo, me escribieron blogs y revistas interesados en publicar y otras en adquirir o saber dónde se podían comprar. Me planteé hacer una pequeña producción para que el coste fuera menor y poder probar en tiendas online, pero me comenzaron a surgir trabajos que me reclamaban dedicación y pensé que no era el momento de invertir.

En ese momento se cruzó el concurso de Muebles de Patio de Libros Mutantes en La Casa Encendida, una feria de fanzines internacional. Financiaban la producción y para mi era una excusa para seguir evolucionando la serie y plantear Basics #3, un híbrido entre mesa y biombo que resultó ser el ganador y ahora está en fase de producción. Se instalarán seis piezas en el patio del 25 al 27 de abril y ahora me han pedido también que realice columpios del tipo Basics #1 para la segunda planta... ¡Así que el proyecto crece!”.

Me encanta la simplicidad de cada uno de los diseños, la mezcla de materiales naturales y rústicos –madera de pino y soga- apenas tratados que, en su conjunto, consiguen sin embargo una apariencia absolutamente urbana y contemporánea. Me gusta esa pretendida sencillez geométrica, esa simetría calmada. No imagino mejor cabecero que ese precioso columpio/retablo bajo el que descansar al volver de la lucha diaria. Pura paz.




Fotos: Laura Peña

Fregar a mano


Entiéndanme. No seré yo quien quite méritos a la lavadora y el lavavajillas en esto de facilitarnos la vida. Pero es que viendo la foto del fregadero de Annacate –un delicioso blog sobre la vida slow de una familia sueca-, a cualquiera le dan ganas de ponerse en faena y dejar la vajilla de la abuela como una patena.

Si es que, al final, no se trata de invertir burradas en decorar la casa, sino en hacerla hogar con pequeños toques bonitos que nos alegren el día y nos despierten del letargo en el que nos sume muchas veces la rutina, ese letargo en el que, literal, no vemos más allá de nuestras narices –bueno, y de nuestra pantalla de iPhone-. Una luz cálida que entra por la ventana, una madera vieja a nuestros pies, la forma tan delicada de ir curvándose el tulipán… La vida es poco más que eso.

Y en esa misma línea va el buscar la belleza o la estética –no sé muy bien cómo decirlo- en las cosas más insignificantes del día a día, como en la esponja y el jabón con el que lavaremos los cacharros. Los cepillos podrían ser de Dille & Kamille, una deliciosa marca de hogar holandesa, en la que predomina la madera, el cristal transparente y los tejidos de lino. Todo allí, incluso los artículos de limpieza, respiran esa preciosa sencillez slow. Sin duda, mi tienda favorita en Bruselas.

El jabón para vajilla es de una firma sueca, L:a Bruket, que se dedica a elaborar jabones y aceites corporales, cremas faciales y algún producto de limpieza de hogar de forma artesanal y con ingredientes orgánicos. Zanahoria y bergamota, cilantro y pimienta negra, limón y romero, pepino y menta… Un deleite para el olfato.


¿Quizá sea too much? Quizá.  Puede que el momento decorativo se me haya ido de las manos –aunque negaré haber dicho esto delante de la otra M-. Pero, cuanto más miro la foto de Annacate, más me reafirmo en que ver ese fregadero in situ seguro que alegra las mañanas.

Al final, la vida ya trae muchas mierdas sin quererlo. Así que, si está en mi mano, prefiero que en mi casa los estropajos sean también de los bonitos y huelan a flores.

Fotos: Another side of this life // L:a Bruket

Pequeños estetas

Oveja, de Plan Toys. via pinterest aquí y aquí

Cuando me enteré de que estaba embarazada me prometí a mí misma tres cosas. La primera, que no dejaría que el bebé que esperaba alienara mi relación de pareja. Simple y llanamente porque, al final, ésta es el origen de todo lo que estaba por llegar, de esa familia que crecía y porque, si nosotros no estábamos bien, el bebé tampoco lo estaría. La segunda, que yo tampoco me alienaría. Siempre he sido una persona a la que le gusta cuidarse, por dentro y por fuera. Me gusta tanto arreglarme como dedicar tiempo a leer, a ir al gimnasio o a pasar tiempo con mis amigas. Me di un margen de un mes de “agujero negro” y después  me propuse no perder esos viejos hábitos que me hacen ser quien soy, aunque en la nueva etapa tuviera que dedicarle menos tiempo y, la verdad, bastante más esfuerzo para conseguirlos. Y la tercera es que no sería una madre loca, que se empapuza de toooodos los libros publicados primero sobre embarazadas y luego sobre bebés, compra tooodo lo que nos dicen que nuestro hijo necesita –cómo nos engañan, dios mío- o acapara todas las conversaciones con su mono tema.

Y todo esto viene porque el post de hoy va de comprar. Tras un tiempo de prueba y descarte, he decidido invertir más en los juguetes de minimí. Que sí, que les duran tres asaltos y luego se los cargan o se cansan de ellos. Pero prefiero gastar diez en lugar de tres y que el juguete en sí tenga un origen conocido, unos materiales seguros y una estética bonita. Y si además hay una historia detrás, mejor que mejor. Prefiero que la niña tengo cinco juguetes que aprecie y valore, que cincuenta piezas de deshecho de juguete de “todo a cien” pululando por casa.

A veces me asusta el nivel de absorción de información que tiene la enana con apenas un año y medio. Realmente se dan cuenta de todo. Y esto no deja de asombrarme –y asustarme un poco- cada día. Por eso quiero que empiece a valorar los productos que se hacen con cariño, que son especiales por alguna razón, que perduran, porque sé que ese poso le quedará para siempre. No puedo hacer nada contra el ruidoso andador de plástico fucsia que le regaló el abuelo –bueno, además de quitarle las pilas-, pero aunque no los voy a vetar en casa si vienen de otros, yo no los voy a comprar.

Animales, de Ostheimer. via pinterest aquí y aquí



Dicho esto, os enseño algunas de las últimas adquisiciones para minimí y dos preciosuras que ya se encuentran en mi whislist infantil –tengo taaaaantas whislists...-.

Una oveja de Plan Toys, una firma tailandesa que desde hace treinta años fabrica juguetes de forma sostenible. En realidad, se trata de un sistema muy ingenioso para que los niños aprendan a ensamblar aros en una especie de cinta con cuentas de madera. Cada arandela y cada cuenta tienen unos tonos que hay que emparejar con lo que, además, es un buen instrumento para ir poco a poco enseñándoles los colores.

No puedo explicar cuánto me gustan los animales de madera de Ostheimer. La firma alemana lleva más de cincuenta años fabricando juguetes de madera que son cortados y pintados a mano. El ingenio con el que se ha conseguido sacar de un trozo de madera las formas de una ardilla o un león me parece alucinante. Y la textura es una delicia. Minimí es fan del elefante.

Tienda de Vilac y elefante de Gunnar Florning. via pinterest aquí y aquí
Una cabaña de indios de Vilac. Casitas o cabañas hay muchas, pero yo no quería una cualquiera. Busqué durante bastante tiempo y al final me enamoré de una de la firma francesa Vilac, que fabrica juguetes desde 1911. Me encantó su simplicidad y sus materiales sin pretensiones: lona de algodón cruda y unas aristas de madera sin tratar que se anudan en la parte superior con unas bolitas también de madera y un cordón de algodón. Si en algún sitio es capaz minimí de estar más de diez segundos sentada es sin duda aquí dentro.

Y aquí van mis dos próximas incorporaciones. No sé cómo los recibirán mis vecinos de abajo pero, conociendo a la enana, estoy segura que los bolos de madera de Nobodinoz, una tienda de niños catalana –desde muebles a ropa y juguetes- que se ha convertido en un referente internacional, van a convertirse en uno de sus juguetes favoritos. Me encantan los colores ácidos y sus perfectas formas redondeadas. No sé si alguno no acabará de adorno en mi mesa de escritorio...

Juego de bolos, de Nobodinoz

Por último, una preciosura de elefante con mucha historia detrás. Se trata de un diseño creado por el arquitecto danés Gunnar Flørning en 1961. Sus diseños de animales en madera se vendieron por miles hasta los años setenta en los países escandinavos, Estados Unidos y Japón. Tras ser descatalogados, ahora se venden nuevamente a través de Lucie Kaas, una pequeña empresita también danesa que trata de devolver al mercado alguno de los hits de diseño escandinavo más atemporal.

Lo bueno de todos estos juguetes es que, solo con su historia, ya te solucionan el cuento de buenas noches. Y, lo mejor, es que no son ningún cuento y que todos acaban bien.