La vida pendiendo de un hilo


Empiezo a sospechar que mis propios caprichos me andan a la zaga. Que no es que yo me enamore de ellos, los busque, los compre –sin duda- y me mantenga en una quiebra constante. Sino que les hago oídos sordos y ellos me persiguen. De repente, aparecen al doblar la esquina y, claro, ya no les puedo decir que no, he de adoptarlos y llevármelos a casa. Y la quiebra constante, pues eso, es constante.

Esta teoría bizarra pero absolutamente real se originó en Amsterdam –ciudad de la que, por cierto, todavía no me he recuperado emocionalmente, ¿alguien sabe qué hay que hacer para irse a vivir allí?-. El caso es que en apenas tres días, me fui dando de bruces con mi interminable whislist decorativa. Era como estar dentro de la intranet de mi tienda online ideal, con el consiguiente estrés consumista cada tres pasos. Allí me hice con dos posters preciosos de esos que siempre quise, que desaparecen de tu mente por un par de semanas y luego, de nuevo ahí están, taladrándote el cerebro durante meses.  No había querido investigar simplemente para no encontrarlos y tenerle que dar otra vez al “process order” y, sin embargo, allí estaban, uno en el museo de arte y diseño contemporáneo Stedelijk y otro en el de fotografía Foam –para un post futuro lo cool que se han vuelto las tiendas de los museos-. Y ahora, claro, los dos están presidiendo mi chimenea, con unos marcos de Ikea más que apañados.

aquí y aquí


Todo esto va porque ayer, de nuevo en Bruselas, me volvió a pasar lo mismo. Volvíamos del centro de buscar un tiovivo antiguo que al final no encontramos -como suele pasar en la mayoría de ocasiones en las que yo me empeño en ser la que haga de guía-. Y, de repente, ahí estaba: una pequeña tienda de diseño, sorpresivamente abierta siendo domingo –los horarios de esta ciudad son un verdadero drama- con otro de mis deseos deco esperándome, moviéndose armoniosamente colgado del techo.

Era un móvil contemporáneo, de esos que recuerdan a las esculturas cinéticas de Alexander Calder. Me tentaban desde los blogs y las revistas de decoración, pero siempre pensé que no estaban dentro de mi presupuesto. No al menos, claro, nada parecido a la obra del genial Calder. De todas formas, aparte de admirarlos, me había negado a investigar.

Pero allí, sin quererlo, en una tienda desconocida, en una calle de nombre casi infinito (rue du vieux marché aux grains), descubrí que no, no eran de Calder, sino de Flensted una empresa familiar danesa que, desde los años cincuenta, crea móviles preciosos, con diseños de inspiración surrealista y otros que recuerdan a la Bauhaus que, de hecho, ¡ya tenía más que vistos! Solo hay que empezar echando un vistazo a la habitación que Elizabeth Taylor y Richard Burton comparten en ¿Quién teme a Virginia Wolf? ¡Allí hay uno de los Flensted más míticos!

via pinterest aquí y aquí

Investigando sobre la compañía, descubrí que Monocle les había dedicado un artículo hace exactamente dos años –siempre he pensado que esta revista está sobrevalorada, aunque quizá debería darle una segunda oportunidad-, que cuentan con 60 empleados locales que trabajan en sus casas montando uno a uno de forma totalmente artesanal cada móvil y que se reúnen en la fábrica sólo cada catorce días para entregar el material listo y recoger nuevo para ensamblar. Me enteré también que gigantes como Pixar, Disney e Ikea les han tentado sin éxito para fabricar de forma masiva.

Así que, señores, ante la evidencia, yo no tuve más remedio que sacar la alfombra roja y dar la bienvenida en mi salón a un móvil Flensted. Había de ser un diseño grande, acorde a los techos altos que tanto me gustan de mi apartamento, pero etéreo, sin demasiados elementos, que se moviera con apenas mirarlo. Así que me decidí por Life & Thread. El nombre me terminó de enamorar.

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