Pequeños estetas

Oveja, de Plan Toys. via pinterest aquí y aquí

Cuando me enteré de que estaba embarazada me prometí a mí misma tres cosas. La primera, que no dejaría que el bebé que esperaba alienara mi relación de pareja. Simple y llanamente porque, al final, ésta es el origen de todo lo que estaba por llegar, de esa familia que crecía y porque, si nosotros no estábamos bien, el bebé tampoco lo estaría. La segunda, que yo tampoco me alienaría. Siempre he sido una persona a la que le gusta cuidarse, por dentro y por fuera. Me gusta tanto arreglarme como dedicar tiempo a leer, a ir al gimnasio o a pasar tiempo con mis amigas. Me di un margen de un mes de “agujero negro” y después  me propuse no perder esos viejos hábitos que me hacen ser quien soy, aunque en la nueva etapa tuviera que dedicarle menos tiempo y, la verdad, bastante más esfuerzo para conseguirlos. Y la tercera es que no sería una madre loca, que se empapuza de toooodos los libros publicados primero sobre embarazadas y luego sobre bebés, compra tooodo lo que nos dicen que nuestro hijo necesita –cómo nos engañan, dios mío- o acapara todas las conversaciones con su mono tema.

Y todo esto viene porque el post de hoy va de comprar. Tras un tiempo de prueba y descarte, he decidido invertir más en los juguetes de minimí. Que sí, que les duran tres asaltos y luego se los cargan o se cansan de ellos. Pero prefiero gastar diez en lugar de tres y que el juguete en sí tenga un origen conocido, unos materiales seguros y una estética bonita. Y si además hay una historia detrás, mejor que mejor. Prefiero que la niña tengo cinco juguetes que aprecie y valore, que cincuenta piezas de deshecho de juguete de “todo a cien” pululando por casa.

A veces me asusta el nivel de absorción de información que tiene la enana con apenas un año y medio. Realmente se dan cuenta de todo. Y esto no deja de asombrarme –y asustarme un poco- cada día. Por eso quiero que empiece a valorar los productos que se hacen con cariño, que son especiales por alguna razón, que perduran, porque sé que ese poso le quedará para siempre. No puedo hacer nada contra el ruidoso andador de plástico fucsia que le regaló el abuelo –bueno, además de quitarle las pilas-, pero aunque no los voy a vetar en casa si vienen de otros, yo no los voy a comprar.

Animales, de Ostheimer. via pinterest aquí y aquí



Dicho esto, os enseño algunas de las últimas adquisiciones para minimí y dos preciosuras que ya se encuentran en mi whislist infantil –tengo taaaaantas whislists...-.

Una oveja de Plan Toys, una firma tailandesa que desde hace treinta años fabrica juguetes de forma sostenible. En realidad, se trata de un sistema muy ingenioso para que los niños aprendan a ensamblar aros en una especie de cinta con cuentas de madera. Cada arandela y cada cuenta tienen unos tonos que hay que emparejar con lo que, además, es un buen instrumento para ir poco a poco enseñándoles los colores.

No puedo explicar cuánto me gustan los animales de madera de Ostheimer. La firma alemana lleva más de cincuenta años fabricando juguetes de madera que son cortados y pintados a mano. El ingenio con el que se ha conseguido sacar de un trozo de madera las formas de una ardilla o un león me parece alucinante. Y la textura es una delicia. Minimí es fan del elefante.

Tienda de Vilac y elefante de Gunnar Florning. via pinterest aquí y aquí
Una cabaña de indios de Vilac. Casitas o cabañas hay muchas, pero yo no quería una cualquiera. Busqué durante bastante tiempo y al final me enamoré de una de la firma francesa Vilac, que fabrica juguetes desde 1911. Me encantó su simplicidad y sus materiales sin pretensiones: lona de algodón cruda y unas aristas de madera sin tratar que se anudan en la parte superior con unas bolitas también de madera y un cordón de algodón. Si en algún sitio es capaz minimí de estar más de diez segundos sentada es sin duda aquí dentro.

Y aquí van mis dos próximas incorporaciones. No sé cómo los recibirán mis vecinos de abajo pero, conociendo a la enana, estoy segura que los bolos de madera de Nobodinoz, una tienda de niños catalana –desde muebles a ropa y juguetes- que se ha convertido en un referente internacional, van a convertirse en uno de sus juguetes favoritos. Me encantan los colores ácidos y sus perfectas formas redondeadas. No sé si alguno no acabará de adorno en mi mesa de escritorio...

Juego de bolos, de Nobodinoz

Por último, una preciosura de elefante con mucha historia detrás. Se trata de un diseño creado por el arquitecto danés Gunnar Flørning en 1961. Sus diseños de animales en madera se vendieron por miles hasta los años setenta en los países escandinavos, Estados Unidos y Japón. Tras ser descatalogados, ahora se venden nuevamente a través de Lucie Kaas, una pequeña empresita también danesa que trata de devolver al mercado alguno de los hits de diseño escandinavo más atemporal.

Lo bueno de todos estos juguetes es que, solo con su historia, ya te solucionan el cuento de buenas noches. Y, lo mejor, es que no son ningún cuento y que todos acaban bien.

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