Less is mode

La rutina periodística ha convertido las entrevistas por email en algo habitual. No hay tiempo para desplazamientos, tomarte algo y divagar cuando tienes una pila de páginas esperándote para ser cerradas en un par de días u horas.

Hace unos días conocí a Stéphanie Anspach. Estuve tentada de mandarle un cuestionario a su agencia de comunicación pero al final decidí lanzarme con un tête à tête en mi todavía macarrónico francés. Su juventud, una colección pura, estructurada y pensada al milímetro, y unos jerseys de punto que son amor del bueno me empujaban a ello. En rue Darwin, una de mis calles favoritas, me encontré con una carita de ángel de veintipocos años que apenas aparenta dieciséis, de cabeza muy bien amueblada y serena rotundidad.

SS 2015 Stéphanie Anspach 


Hace casi un año, Stéphanie se lanzaba a la calle en jersey y bragas junto a un grupo de amigas. Quería dar a conocer su primera colección, totalmente centrada en tops de punto y, a falta de otras prendas, se calzaron las zapatillas y recorrieron así el metro bruxellois. “Tenía claro que, si el jersey era suficientemente bueno, no necesitaba de nada más”, me explica como si tal cosa. En la parte trasera de aquellas bragas blancas podía leerse “Less is mode”, el logo y filosofía de Stephanie, en claro homenaje al arquitecto Mies van der Roher y su célebre frase “Less is more”. “Aspiro a que se identifique mi marca con lo natural, la pureza y, a la vez, la elegancia. Mis colecciones están muy centradas en el producto,  de cortes impecables, fabricado con los mejores materiales (la lana y el algodón son italianos) y en talleres locales”, añade Anspach.

Le pregunto qué da más miedo, esperar la reacción de la gente en la calle en aquel momento, probablemente sin idea de moda y con más sorpresa que interés, o la de los expertos de la industria y los editores de moda: “Yo no tengo miedo, hago lo que me gusta, lo que creo que podría llevar la gente de la calle. El miedo puede paralizarte y hacerte caer en la tentación de seguir las tendencias y acabar haciendo lo mismo que el resto”. En su defecto, Stéphanie aboga por colecciones atemporales, tan válidas el año de su presentación como al año siguiente, basada en básicos perfectos que sientan bien y acaban convirtiéndose en uniformes de vida.

Sus fuentes de inspiración se encuentran en dos tipos de música absolutamente antagónicas: el rap y las melodías setenteras de Jane Birkin y Serge Gainsbourg. “Yo no creo para el festival de Cannes, sino para la calle, por eso el rap me ayuda a inspirarme. Mi estilo es casual, algo deportivo, como el suyo, con cortes oversize  que facilitan el movimiento del cuerpo. Es una música que va directa al grano, guerrillera y destila una energía que me impulsa”. Y añade: “de Birkin y Gainsbourg me quedo con ese aura de artistas bohemios, su naturalidad sin brillos y artificios”.

Sin embargo, “como ejercicio de exorcización” inicial, su colección primavera-verano, la primera completa, no parte de la música, sino de un problema que la reconcomía: la nula relación con su padre. Tomó una de las pocos fotos de ambos, cuando la pequeña Stéphanie era un bebé, y se inspiró en el algodón de las sábanas, el cabecero de rayas azules y los floridos estampados de los cojines. “Esta primera colección me sirvió para sacar toda esa tristeza, exprimirla de una manera creativa y, de hecho, reencontrarme con mi padre”, explica Stéphanie. El padre de la diseñadora se topó con aquella historia por casualidad en la prensa belga y hace poco retomaron el contacto.

Stéphanie Anspach, de bebé, con su padre. Foto de inspiración de la colección SS 2015


Me cuenta que esa madurez tan joven y su claridad de ideas vienen precisamente de aquellos capítulos un tanto agrios de su historia familiar. “El hecho de haber vivido algunos episodios duros en mi vida me ha hecho fuerte para no temer a nada”, dice.

El resultado, una propuesta estival que sorprende por atemporal y a la vez contemporánea, por cortes pulidos y minimalistas y un allure de innata elegancia. También la modelo, muy joven, casi una niña, es parte del mensaje. “Para mí era muy importante transmitir esa imagen de pureza en mi primera colección completa. Además, me encantan los contrastes, me gusta el juego que se crea entre su rostro de bebé, naif, y una propuesta rotunda y clara”, añade.

Tras conseguir vender su colección de punto en algunas de las mejores boutiques de Bruselas (Cachemir Coton Soie y Vert Chausseur) y Amberes (Step by Step), sus planes para el 2015 son desarrollar su propia tienda online y hacerse con nuevos puntos de venta internacionales. Mirando más al futuro, no duda: “La pasarela de París. Aunque, tal y como cambian las cosas en esta industria, quizá cuando pueda llevarlo a cabo ya ni existe”.




Un verde imprescindible

El matrimonio Eames, su salón, su monstera gigante...

Atención: alarma trendy vegetal. No paro de ver monsteras deliciosas por todas partes. Instagram, blogs de decoración, de moda, tiendas guayonis, mi restaurante peruano favorito…. Me topo varias veces al día con esas hojas superlativas de caída teatral y me entran unas ganas irrefrenables de convertir mi casa en toda una selva amazónica.

GQ USA ya dio con las palabras mágicas para casi convencerme de mi necesidad esta primavera: opulenta y acaparadora de miradas, de rápido crecimiento y apta para jardineras patosas. Y, aunque al principio me negué a la evidencia, encontrarla en la estilosa casa de los Eames no ayudó. Y mucho menos en el estudio del fauvista Henri Matisse donde la monstera no fue solo planta, sino también musa.

Excesiva y melodramática, si la monstera fuera humana, sería una ricachona pirada venida a menos, de esas que mueven mucho las manos, y a las que no sabes si odiar o admirar. Como una trágica little Edie Beale con el vulgar sino de tener que  hacer la fotosíntesis.

El estudio de Matisse y La Gerbe (1953), una de sus últimas obras


Cosas que adoro de Bruselas (III). Las segundas vidas


Vale, no estoy descubriendo América si digo que se lleva rebuscar entre los bártulos de la abuela, darles una capa de pintura (véase el furor por el chalk paint y los vídeos DIY en Youtube) y convertir lo viejo en nuevo.

Pero sí es cierto que, en España, se trata de una tendencia relativamente reciente. Nosotros, que hasta hace poco vivíamos en una abundancia y hapyness que creíamos eterna y a los que tanto nos cuesta apreciar lo nuestro, éramos más de comprar, tirar y volver a estrenar a la velocidad del rayo.

Quizá debamos agradecer a la crisis el ser ahora más conscientes de lo que tenemos y de las muchas posibilidades que tiene aquella cómoda heredada con un buen lavado de cara.

Lámpara de REstore, uno de los artistas participantes en UP Store

El caso es que aquí en Bélgica comprar de segunda mano no es ninguna novedad. Además –y esto es una afirmación absolutamente subjetiva-, tengo la sensación de que el belga medio tiene un mayor interés y un ojo más trabajado para el diseño y la decoración. Y con esto no me refiero a los modernos de Dansaert, sino a gente de la edad de nuestros padres y abuelos, que están acostumbrados a amueblar sus casas con mezclas absolutamente eclécticas de nuevas adquisiciones, herencias y tesoros de mercadillos diversos. Y todo con la mayor naturalidad.

Aquí,  además de que las tiendas de segunda mano están absolutamente normalizadas -no son las tiendas de moda en los barrios de moda-, todos los veranos y por barrios, la gente organiza brocantes súper caseros y saca a la acera todos aquellos enseres de los que se quiere desprender. Y a ello se unen las numerosas webs y grupos sociales que proliferan en Internet que promueven el trueque y la compra de cosas usadas (pssst., el "Segunda Mano" belga es como la cueva de Alí Babá para los amantes de la decoración, con miles de tesoros a precios de ganga).

Por eso no extraña que una de las organizaciones de carácter social con más prestigio sea Les Petits Riens, una ONG que ayuda a personas que han tenido problemas (alcoholemia, cárcel, etc.) a reinsertarse en la sociedad, gracias a los ingresos que consigue de la venta de muebles, electrodomésticos u objetos de decoración cedidos por otros. Su edificio principal, en rue Américaine, es una especie de bazar marroquí a lo belga donde pasarse horas rebuscando.

Sin embargo, lo que le hace más especial todavía son sus iniciativas absolutamente innovadoras. Su desfile de moda anual –que los diseñadores invitados llevan a cabo con prendas recogidas en el mismo centro- es uno de los eventos más esperados de la capital. La novedad de este otoño está siendo Up Store, un espacio efímero (sólo hasta el 23 de diciembre) que han creado en la misma sede para fomentar el upcycling, una vuelta de tuerca al reciclaje que pretende, no solo crear nuevos objetos o darles nuevas vidas, sino diseñar productos con desechos de mayor valor que los originales. El holandés Piet Hein Eek es uno de los rostros más conocidos que lleva a cabo esta técnica.

Así, Les Petits Riens pidió a una treintena de diseñadores belgas que dejaran volar toda su creatividad, escogieran aquello que quisieran de los cachivaches recogidos por la ONG y simplemente crearan. El resultado es de veras espectacular. Un espacio que recrea una casa, con su salón y su habitación de bebé, absolutamente de diseño, en la que campan muebles de inspiración midcentury con lámparas de formas orgánicas y toques algo kitsch, como platos estampados reconvertidos en relojes. Una selección de muebles y decoración realmente inspiradora y personal, además de absoluta edición limitada. Y todo, por supuesto, se vende. “Queríamos que las piezas se mantuvieran accesibles, aunque no hay que creer que reciclar materiales lleva consigo unos precios ridículos. Al contrario, el trabajo de selección, reparación, preparación y customización es considerablemente más importante que la utilización de nuevos materiales”, explicaba Stéphanie Gosuin, coordinadora del proyecto y una de las artistas de esta increíble metamorfosis de la materia.

Imagen de REstore
Imagen de Chic & Sheep




How to be Belgian wherever you are (I). L'apéritif


En el universo expat –como nos llaman a los de fuera en Bruselas- es muy común sufrir el efecto de la balsa de aceite. Básicamente, vivimos en un país que no es el nuestro pero sin enterarnos apenas de nada de lo que sucede alrededor. Sabes dónde está el supermercado, el autobús que te lleva a trabajar y el recorrido turístico básico para cuando vienen a visitarte. Pero no tienes ni idea de la actualidad del país –porque la poca tele que ves son las noticias del canal internacional de TVE- y mucho menos has tratado con locales más allá de en tiendas y restaurantes. Estamos pero no estamos.

La semana pasada nuestros vecinos –belgas- nos invitaron a un apéritif el domingo por la tarde. Para poneros en antecedentes, se trata de un matrimonio que, por edad, podrían ser mis padres, una pareja muy amable que lleva viviendo cuarenta años en el edificio pero con la que apenas me había saludado en el portal y de la ni siquiera sabía sus nombres. Lo primero que pensé es que había trampa: quizá nos habían invitado a su casa para, en su terreno, decirnos que éramos unos españoles terriblemente ruidosos; o se trataba, sin embargo, de una propuesta para aunar fuerzas contra los del tercero, que no son especialmente simpáticos…

Corrí a mi profesora de francés, Anna –muuuy belga-, para que me diera algunas pautas básicas con las que dominar la situación y lo primero que hizo fue avasallarme a preguntas (¿qué día es?, ¿a qué hora?, ¿es con más gente o solo vosotros?, ¿vuestra niña está invitada o es sólo para adultos?). Está claro que esto no me dio mucha más tranquilidad y empecé a percatarme de que había más ritual del que inicialmente había pensado.

imagen de pinterest


Tras mi estudio acelerado inicial y mi trabajo de campo el domingo, aquí van algunos de los detalles que más me sorprendieron:

-No te quites los zapatos al llegar a su casa. Los españoles subimos unos kilómetros hacia el norte y ya nos creemos que todo son arenques y calcetines al aire. En Bélgica, sin embargo, es una práctica bizarra y, si el anfitrión es un poco escrupuloso, le resultará bastante guarrada.

-Cuando se visita, hay que llevar un pequeño regalo. Pero sin pasarse: “tan malo es quedarse corto, como avasallar con algo demasiado grande”, me dijo Anna.

-Si el apéritif es con más personas, con llevar una botella de vino basta. Pero ojo, no se trata de una botella que os beberéis en casa del anfitrión, es un regalo. Así que no os extrañe que no la abra.

-Si el apéritif se ha preparado solo para vosotros, acompañad la botella con algo más, que elegirás teniendo en cuenta la hora en la que va a ser el apéritif y quién es el anfitrión. Es decir, si es una pareja, no pega llevar un bouquet de flores, si es tarde/noche, mejor algo salado que dulce. Nosotros elegimos una pequeña cesta con algunas latas de foie gras, una especie de fuet francés y mermelada de cebolla. Y la misma filosofía que con la botella de vino: es un regalo, no probamos nada de la cesta.

-Por muy majos que sean los anfitriones, no te apalanques. Una hora y media, dos horas, es el tiempo máximo, ya que, si no te han avisado antes, la cita no acabará en comida o cena. Aquí no es: “qué bien estamos de charleta, espera que saco un poco más de chorizo y tuesto pan y hacemos merienda cena hasta las mil”. Y, por supuesto, no esperes a que te echen, tras el tiempo prudencial despídete.

-Un detalle curioso es que, al comentar posibles excusas para marchar con mi profesora, le propuse decir que nos teníamos que ir porque Martina debía cenar. A lo que ella me respondió que mejor no, ya que, ellos ya nos estaban ofreciendo comida (aunque fueran unas patatas fritas) y que podía quedar mal.

En fin, como veis, aquí la vida lleva en sí algo más de protocolo. De todas formas, al final la cita fue mucho más natural de lo que yo esperaba –aunque se cumplió todo lo anterior-, y una experiencia interesante para empezar a romper ese aceite e ir bajando poco a poco a tocar agua. La conversación fluyó, nos reímos y quedamos en vernos de nuevo más adelante –la próxima en nuestra casa, claro-.

Pd. Para los expats que me leen. Por lo que he podido contrastar, no es muy habitual que el vecino te invite a un apéritif si te conoce solo de hola y adiós. Así que no creas que tienes un vecino borde si no lo hace, parece simplemente que los míos son especialmente majos!