Un verde imprescindible

El matrimonio Eames, su salón, su monstera gigante...

Atención: alarma trendy vegetal. No paro de ver monsteras deliciosas por todas partes. Instagram, blogs de decoración, de moda, tiendas guayonis, mi restaurante peruano favorito…. Me topo varias veces al día con esas hojas superlativas de caída teatral y me entran unas ganas irrefrenables de convertir mi casa en toda una selva amazónica.

GQ USA ya dio con las palabras mágicas para casi convencerme de mi necesidad esta primavera: opulenta y acaparadora de miradas, de rápido crecimiento y apta para jardineras patosas. Y, aunque al principio me negué a la evidencia, encontrarla en la estilosa casa de los Eames no ayudó. Y mucho menos en el estudio del fauvista Henri Matisse donde la monstera no fue solo planta, sino también musa.

Excesiva y melodramática, si la monstera fuera humana, sería una ricachona pirada venida a menos, de esas que mueven mucho las manos, y a las que no sabes si odiar o admirar. Como una trágica little Edie Beale con el vulgar sino de tener que  hacer la fotosíntesis.

El estudio de Matisse y La Gerbe (1953), una de sus últimas obras


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