Verdes de pega

Refugio para un recuerdo


Este post va dedicado a la única persona que conozco que se cargó un cactus por sobreprotección. El otro día me dijo que no tenía “ninguna posibilidad de tener una casa cool de esas de Pinterest” porque lo suyo no es la jardinería. Me comentó la opción de poner plantas artificiales de plástico y a mí instintivamente me chirriaron los dientes. A todas las (mal) llamadas “interior design bloggers” que recomiendan plantitas hechas con petróleo: ME-NIE-GO.

Gracias a esa conversación me acordé de dos verdes de pega que sí que introduciría yo con mucho gusto en mi casa: los trabajos de Alexandra Kehayoglou y Alexia de Ville.

La primera es una artesana argentina que crea unas alfombras e instalaciones textiles de ensueño. Algo así como jardines para el salón inspirados en los paisajes de la Patagonia. Kehayoglou proviene de una familia con larga tradición textil. Sus padres poseen la principal compañía del sector en Sudamérica y sus abuelos, inmigrantes griegos, se dedicaban a la elaboración de alfombras otomanas.











Alexandra Kehayoglou colaboró con el belga Dries van Noten en la presentación de su colección de primavera-verano 2015, forrando toda la pasarela de una alfombra gigante por la que las modelos se paseaban lánguidamente cual deidades. Su trabajo ha sido calificado como obras de arte.  Ante esto, ella subraya la diferencia positiva con otras disciplinas ya que “las alfombras son para usar. El espectador interactúa con la obra y ésta termina siendo con el espectador”. Y recuerda cómo la gente no queda intimidado ante una alfombra, sino que se sienta en ellas, las toca, las siente… Algo que, quizá, no se da ante un lienzo o una escultura.

Por su parte, Alexia de Ville es la joven artista belga que se esconde detrás de la firma gráfica Tenue de Ville (algo así como el smart casual de las invitaciones a cócteles). Los diseños de su última colección de papeles de pared, Ode, son precisamente eso, poemas románticos vegetales de gran escala, dispuestos a hacernos soñar con los más exóticos paraísos sin salir de nuestras cuatro paredes. 



Papeles con motivos orgánicos hay muchos pero me gusta como estos juegan a engañar a nuestra vista, simulando mezclarse con la decoración y adentrarse, de verdad, en el salón. Una ventana al mundo exterior que, según De Ville, se inspira en los frescos del renacimiento, al igual que la paleta de colores, delicada y vintage.

No me digáis que estas dos propuestas de verde, tan distintas entre ellas, no son mucho más inspiradoras que las plantitas de plástico. Y, sin embargo, como ellas, tampoco necesitan riego.

Todas las imágenes son de Alexandra Kehayoglou y Tenue de Ville

Si me mudara hoy

El baño-jungla de Anna Potter en  Design Sponge 
Varios de mis amigos se acaban de cambiar de casa y algunos me han pedido consejo sobre qué comprar, cómo decorarla. Yo no soy para nada una experta, imagino que se fían de mi criterio. Así que se me ocurrió hacer un post con todas esas cosas en las que me gustaría invertir si tuviera que empezar de nuevo.

La premisa básica es no comprar por comprar. Parece una perogrullada, pero no lo es. Sí, una cama es algo urgente, pero quizá puedes ver la tele en el somier que compres antes de hacerte con un sofá insulso o utilizar una caja de la mudanza como mesa de centro. El objetivo es que, dentro de seis meses, no te estés preguntando porqué cargaste con aquel mamotreto que odias por muy práctico que sea. Yo soy cero práctica, lo reconozco.

Y con esto bien clarito, aquí va la lista de la compra de mi hipotética nueva casa:

Imagen vía Fastighetsbyran
-Algo de color. Estoy ya saturada de tanta casa nórdica y tan blanca que parece que no vive nadie. Últimamente lo veo todo en amarillo, uno oscuro y enérgico, casi mostaza, del que elegiría el sofá del salón o –una idea loca que me ronda desde primavera- pintaría las tuberías a la vista del cuarto de baño. Otra opción que me encanta es dividir la pared en dos colores, aunque aquí dependemos mucho de la manga ancha que nos dé el casero.

-Unas sillas Cesca de Marcel Breuer para el comedor, preferiblemente sin brazos y el borde pintado de negro. Su forma en S me parece sumamente distinguida, pero a la vez es discreta y humilde, en la que no da miedo sentarse porque la vayas a manchar o a romper, y de la que nunca te vas a cansar.

-Unas baldas o unas estanterías colgadas tipo String –aunque no necesariamente esa-. Son una solución ideal para casas pequeñas porque no dan sensación de quitar demasiado espacio y en ellas puedes colocar desde las tazas del desayuno a la vista, tus libros favoritos o esos pequeños tesoros que todos guardamos.

En esto de acumular tesoros, el diseñador John Derian es todo un experto. Via The Selvy
-Y de eso va mi siguiente punto y casi el más importante, de tesoros inservibles sin los que no podemos vivir. De aquel fósil que recogiste de niño, de esas flores que secaste y sólo tú sabes porqué, del pájaro de porcelana que tu novio rescató para ti en un brocante, de aquella polaroid en la que duermes en brazos de tu padre. ¿Quién dijo que eran criaderos de polvo? Honremos a nuestra propia historia y llenemos cada rincón de casa de esos momentos en los que hemos sido felices.




-Artesanía, productos fabricados por las manos imperfectas de alguien de principio a fin. Imposible de encontrar dos iguales, con su pequeña historia detrás, un lujo con el que celebrar la rutina. Me quedo con la delicada cerámica de la portuguesa Margarida Fernandes o los tapices de macramé para la pared de Ran Ran Design.

-Y mucho verde. Plantas por todos lados, desde la cocina al baño, pasando por el salón y todas las habitaciones. Grandes, pequeñas, locas y desbaratadas. Las plantas dan mucha más calidez a una casa que ninguna manta por primorosa que sea. Hacedme caso. Luego vendrá el problema de a quién pedirle que nos riegue el vergel en agosto, pero bueno, nadie dijo que esto de la decoración fuera fácil.

Las sillas Cesca en casa de Annett Kuhlmann, en Freude von Freunden


La String, vía Interior Junkie
Izda., la anterior casa de Aurelie Lecuyer. Dcha., imagen vía Sugar and Charm.
La maravillosa cerámica de Margarida Fernandes

De barbacoas y vasos que rebosan



Bruselas y yo tenemos una relación de amor-odio. Soy consciente de lo afortunados que somos de vivir en esta ciudad, en nuestra casa, de los amigos que hemos encontrado aquí… Pero las rentrées siempre se me hacen cuesta arriba. Por eso, esta vez decidí volver a casa con un objetivo bien tatuado en la cabeza: los vasos, siempre, medio llenos. Es más fácil decirlo que hacerlo, pero en eso estamos. Y he de decir que ha habido momentos en estas últimas tres semanas en las que el vaso ha llegado felizmente a rebosar.

Como cuando fuimos invitados a una barbacoa para inaugurar la casa preciosa de una familia más preciosa todavía. Y nos pasamos la semana haciendo quinielas sobre si llovería, y teniendo como sola conversación si la aplicación del tiempo del iPhone era certera teniendo en cuenta el porcentaje alto de lluvias que anunciaba para el día en cuestión, o sería mejor hacer caso a la de Yahoo, mucho más benévola. Y al final llueve, y acabas utilizando el toldo de refugio -eso es muy de aquí-, pero oye, que también sale el sol y abrimos otra botella de vino para celebrarlo.

Y te pones morada de pasteles caseros deliciosos. Los pruebas todos y todos mil veces porque son sin gluten y no engordan –me niego a escuchar ninguna teoría que diga lo contrario, dejadme vivir así-.

La imagen, y los pasteles, son de mi querida Marta


Festejar por festejar es saludable y deberíamos practicarlo mucho más –quizá la dueña de la casa no pensó lo mismo al día siguiente de la barbacoa, pero estoy segura de que hoy sí-.

Ése ha sido mi gran objetivo desde que empezó septiembre. He descubierto un súper-vegano-súper-sano, Moon Food, (sin gluten, sin lactosa, todo orgánico y cocinado a 40 grados, o como diría la otra M, donde no se come nada que haga sombra), del que salí gratamente sorprendida: por su variedad de platos, por lo ricos que estaban todos y por su local, puro diseño. Me he reencontrado con viejos conocidos tomando un café en un día de lluvia y viento en Prelude, una pequeña cafetería conocida por sus cookies enormes. He celebrado el amor en Little Tokyo, un japo a la bruxellois, donde todos los camareros llevan un pelo a lo afro chulísimo. Os dejo en breve estas nuevas direcciones en el mapa de Ladydinner.

Los mercados, mercadillos y brocantes varios son otra parte de mi felicidad semanal. Ya os hablé del mercado de Chatelain, donde la otra M y yo comemos todos los miércoles, como un ritual, sopa thai y curri, y al que vuelvo por las tardes con Martina a comprar flores. Ella siempre dice que quiere flores verdes. El Brussels Design Market, que se celebra dos veces al año y, donde me he comprado un butaca danesa que se me iba totalmente de presupuesto. Y tengo una buena lista de lugares donde encontrar tesoros los domingos que pronto empezaré a explorar, como Waterloo o Tongres.

Al final, como me dijo una amiga hace unos días, se trata de encontrar esas cosas para otros insignificantes que a nosotros nos hacen inmensamente felices. 

Huir a Cadaqués

Imagen de Sharyn Cairns
Hace meses que sueño con esconderme en algún pequeño pueblecito de la Costa Brava y hacer un poco el avestruz. Y alternar la vagancia de mañanas tardías con siestas largas y noches de hamaca sin hora. Y solo interrumpir tal rutina por un plato de sardinas, un chapuzón rápido en el mar o por un rato de buena lectura.

Encontrarme con “También esto pasará”, de Milena Busquets, no ha hecho más que acrecentar ese deseo. Un libro sencillo y rápido, casi una conversación con su autora, lleno de frases de bofetada, de esas rotundas y abrumadoras que te dejan KO simplemente por ser purita verdad.

Aquí van algunas de las que no quiero olvidarme:

Sobre decir “te quiero”

Los que dicen “te quiero mucho”, en realidad te quieren poco, o tal vez añaden el “mucho”, que en este caso significa “poco”, por timidez o por miedo a la contundencia de “te quiero”, que es la única manera verdadera de decir “te quiero”. El “mucho” hace que el “te quiero” se convierta en algo apto para todos los públicos, cuando, en realidad, casi nunca lo es. “Te quiero”, las palabras mágicas que te pueden convertir en un perro, en un dios, en un chiflado, en una sombra.

Sobre porqué somos como somos

Todos vemos cosas distintas, todos vemos siempre lo mismo, y lo que vemos nos define absolutamente. Y amamos instintivamente a los que ven lo mismo que nosotros, y les reconocemos al instante.

Sobre la manera de amar

Después de todo, amamos como nos han amado en la infancia, y los amores posteriores suelen ser una réplica del primer amor.

La observación, no sólo el amor, nos hace dueños de las cosas, de las ciudades que hemos visitado, de las historias que hemos vivido, de la gente, de todo. Todas las codas por las que has pasado sin indiferencia, con atención, son tuyas.

Sobre crecer, madurar y envejecer

La primera corona que perdemos, y tal vez la única imposible de recuperar, es la de la juventud; la de la infancia no cuenta porque de niños no somos conscientes del increíble botón de energía, fuerza, belleza, libertad y candor que al cabo de unos años será nuestro, y que los más suertudos dilapidaremos sin medida.

Nuestro interior acaba atrapándonos siempre. Acabaremos siendo quienes somos. La belleza y la juventud sólo sirven para camuflarnos durante un tiempo.

Cuando el mundo empieza a despoblarse de la gente que nos quiere, nos convertimos, poco a poco, al ritmo de las muertes, en desconocidos.

Tal vez todos nos quedamos siempre con algún viaje pendiente, planeamos viajes cuando ya son imposibles, como si intentásemos comprar tiempo aun sabiendo que el nuestro se ha agotado y que nadie puede regalarnos ni un solo minuto más.

Sobre los perros

Cualquiera que haya tenido perro sabe que son los perros los que nos eligen, no nosotros a ellos. Es un reconocimiento parecido al que se da, a veces, pocas, entre dos personas, mudo, veloz, indiscutible. Pero en los perros dura toda la vida.

Sobre la tristeza

Ocurre lo mismo con la tristeza que, como finísimas capas de cristal crujiente, se va depositando sobre nosotros, nos va cubriendo poco a poco. Somos como el guisante del cuento, enterrado debajo de mil colchones, como una luz brillante que parpadea débilmente. Y, como en los cuentos, sólo el amor verdadero, y a veces ni siquiera eso, puede acabar con la pena. El tiempo la mitiga, como hace con nosotros, como un domador de circo.

Sobre la maternidad

A veces me pregunto qué ocurrirá  cuando esta nueva generación de niños cuyas madres consideran la maternidad hasta una religión –mujeres que dan de mamar a sus hijos hasta que tienen cinco años y entonces alternan el pecho con los espaguetis, mujeres cuyo único interés y preocupación y razón de ser son los niños, que educan a sus hijos como si fuesen a reinar sobre un imperio, que inundan las redes sociales  de fotos de sus retoños, no sólo de cumpleaños o viajes sino de sus hijos en el váter o sentados en un orinal (no hay amor más impúdico que el amor maternal contemporáneo)- crezcan y se conviertan en seres humanos tan deficientes, contradictorios e infelices como nosotros, tal vez más incluso, no creo que nadie pueda salir indemne de que le fotografíen cagando.


Puede que esta entrada sea la vuelta al blog. O no, ya veremos.
Feliz verano

Las rosquillas de (la) Alegría

Nunca me ha gustado cocinar. Ni me gusta ni mucho menos se me da bien. Tengo tendencia a rebotar la información de una receta, eso de coger tres ingredientes e improvisar en mi caso nunca sale bien, ni en las ensaladas y, lo que es peor -y que me da mucha rabia-, olvido con bastante facilidad lo que comí hace tres horas, da igual si fue una pechuga de pollo sin sal en casa o un menú degustación en un dos estrellas Michelín.

Con este percal, ya os podéis imaginar que en casa yo siempre he sido la de los enchufes y la otra M el de los potajes. Sin embargo, el otro día caí en la cuenta de algo bien simple: en mi familia –como en muchas- las mejores historias discurren alrededor de una mesa y eso sí es algo que me gustaría continuar.

Nos hemos reído mil veces recordando aquel verano en que estuvimos más de dos semanas comiendo rosquillas sin parar porque mi abuela Alegría, mi tía Cándida -sí, las dos tienen nombres de lo más amoroso y que, además, les representan muy bien- y la vecina se equivocaron con las medidas y acabamos con tres calderos enormes llenos. La primera nochevieja con Martina en la que mi madre calcinó los cardos que tomamos desde siempre -menos aquel año, claro- por esas fechas. Los domingos de paella muuuuy pasada –porque aquí nos gusta el arroz así-, las cenas familiares de los viernes en mi casa, las natillas con sorpresa de la abuela…

El caso es que el tiempo pasa, algunos se van para que vengan otros y los roles van cambiando demasiado rápido. En esa melancolía estaba cuando fui consciente de que hay cosas que ya no se repetirán y, apunto de echarme a llorar, decidí tomar la delantera y hacer una lista de todas aquellas recetas que pretendo, como si fuera el director del museo de mi historia familiar, evitar a toda costa que se pierdan.

Canelones, albóndigas con tomate, croquetas, rosquillas…. Escribí en un folio, con rotulador grueso negro y en letras mayúsculas enormes, como si fuera un manifiesto.

El sábado pasado mi abuelo cumplió 82 y aproveché una visita sorpresa para emprender mi reto particular. Mi abuela ya no se acuerda bien de algunas recetas así que pedí ayuda a mi prima, la genia de la Thermomix, y entre las dos hicimos una versión actualizada de las rosquillas de Alegría. El primer ensayo se asemejó más a un roscón de reyes, las siguientes salieron más cuadradas que redondas, pero poco a poco fuimos pillándole el truco a la rosquillera –o rosco maker- como apuntaba la caja de aquel artilugio.

Y así, entre masas demasiado líquidas, aceites que saltan, fuegos que se encienden solos, rosquillas amorfas, mi abuela con el “échale un puñadico más de harina” y yo con el “pero cuánto es un puñadico exactamente” nos hicimos con otro recuerdo familiar. Y en la próxima merienda de rosquillas, podré contarle a Martina aquella vez que su yaya Alegría hizo rosquillas para más de dos semanas, o aquella otra en la que su madre por fin decidió recoger el testigo.

Sí, ya sé, las fotos son remalas. Pero, oigan, no estaba yo para controlar el aceite y esa masa informe y ponerme a la vez a juguetear  con la cámara. Las primeras experiencias, de una en una...

Jesse Kamm

Me encanta Freude von Freuden. Me puedo pasar horas leyendo las historias y las vidas de gente molona y curioseando en sus todavía más molonas casas. Y en esas estaba cuando me topé con una estilosa familia californiana (¡sí, los USA otra vez!). Me quedé pegada a la pantalla viendo a esa espigada tipa, con cuerpo –y, sobre todo, altura- de modelo sueca y ese effortless chic americano del que os hablaba hace nada. Cada uno de sus estilismos era un añadido nuevo a mi carpeta de inspiración y un nuevo guión en mi whislist. Y entendí todo tan pronto googleé su nombre.




Las tres imágenes son de Freunde von Freunden 
Jesse Kamm es una diseñadora californiana casi autodidacta que, tras cuatro años trabajando como modelo y sentirse vacía, decidió aprender a coser y en 2005 crear su propia firma, con tanto éxito que su primer punto de venta fue la emblemática tienda parisina Colette. Su propuesta, que dice inspirarse en diseños vintage y en la naturaleza, en principio no es nueva: patrones minimal, paleta de colores neutra y tejidos escogidos con mimo y todos eco-friendly. Sin embargo, no sé si son esos cortes tan holgados y fáciles, su aura de eterna vacación en un lluvioso día de febrero o que una de mis máximas en la vida es parecerme a Annie Hall y las propuestas de Jesse Kamm realmente me la recuerdan; pero lo cierto es que yo caí rendida.

Me gusta su filosofía de comprar poco y comprar bien, de vivir las prendas todas las estaciones y años posibles, de remendarlas, rediseñarlas acortando bajos, guardarlas un par de años y volverlas de nuevo a usar más tarde con la misma frescura de quien estrena. De hecho, éste ha sido uno de mis propósitos de año nuevo de los últimos años que poco a poco voy intentando cumplir.

Pero, sin duda, lo que me vuelve loca es cómo se ha montado esta mujer el negocio. Vive y trabaja en Los Ángeles durante nueve meses y los tres restantes se marcha con su marido y su hijo a un pequeño archipiélago de Panamá, donde ellos mismos se han construido su casa. "I believe we are on this spinning rock for a short time, so do what you love, and do it well", explica en su web. Un paraíso familiar donde resetear del todo para volver, de verdad, a empezar de nuevo. ¿No os parece un planazo?

Imágenes de la colección de SS2015



How to be Belgian wherever you are (II). Gofres falleros, normas no escritas y algún que otro chiste

No hay nada como ponerse a escarbar para encontrar un montón de matices. Y eso es precisamente lo que me está pasando con mis queridos vecinos belgas. Los primeros años en este país fueron tiempo de adaptación a lo básico, de aprender el idioma y de dejar de dar muchas cosas por sabidas. Ahora he comenzado a entenderlos, o al menos, a entender porqué piensan como piensan, y a valorar esas pequeñas cosas que nos diferencian pero que, al final, echan un poco de sal a la vida.

Aquí va el segundo capítulo para mutar en un verdadero belga de pega:

Las belgas adoran las pieles –sí, no es muy ecológicamente correcto, pero así es-. Les pirran, sobre todo los abrigos de visón. Sin embargo, ellas no son de llevarlas de cualquier forma, de nuevo hay cierto protocolo. Para comenzar, toda belga que se precie no sacará las pieles a pasear hasta que no haya una temperatura de entorno a los 0 grados; no como en algunas ciudades españolas en las que he visto a las señoras de bien plantarse los abrigos un domingo con casi 15 grados. No, no y no. Además, una norma de buena educación que me consta cumplen a rajatabla dicta que las pieles no pueden salir del armario antes del 15 de noviembre. ¿Porqué? Pues no lo sé.

El idioma francés en general y los belgas en particular tienen multitud de dichos y refranes sobre perros y gatos. Por ejemplo: “Les chiens ne font pas de chats”, algo así como los perros no hacen gatos, que es una especie de “de tal palo, tal astilla” español. A ellos les encanta decir que es porque son muy amigos de los animales –desde luego no de los pobres visones…-.

Preciosa casa recuperada en la Bélgica rural. La foto, de Frederik Vercruysse, me recuerda a una pintura flamenca del XVII.

Los belgas tienen una auténtica obsesión por la propiedad inmobiliaria. La casa en la que vivan ha de ser suya sí o sí; es casi requisito indispensable a la hora de independizarse o vivir en pareja. El alquiler se mueve muchísimo en Bélgica, es cierto, pero solo gracias a tanto expat que viene y va. De hecho, sé también de muchos expats que, tras unos años en el país, se han dejado tentar por ese afán de posesión y han acabado comprando -el precio y las condiciones de compra aquí son mucho más atractivas que en España… Sí, sí, lo que leéis-. Los mismos belgas se ríen muchas veces de ese afán suyo de compra y dicen “avoir un brique dans le ventre” –o lo que es lo mismo, tener un ladrillo en la tripa-.

En tema de gofres, hay dos bandos casi rivales: los de Bruselas –o simplemente conocidos como belgas- y los de Lieja. Y que nadie ose confundirlos porque no, no son iguales y además se te pueden cabrear mucho. Los más populares son los primeros, rectangulares y algo más esponjosos, elaborados con harina de trigo –originariamente, los de harina sarracena se consideraban los “gofres de diario” y los de harina blanca los de días de fiesta-, se sirven calientes y, lo típico es con fresas y crema Chantilly –aunque si te paseas por el centro más turístico de la capital podrás ver auténticos gofres falleros con chocolate, nata, fresas, plátano, lacasitos y todo a la vez. Y atrévete después a comerte eso de pie…-. Los de Lieja, de puntas redondeadas, están elaborados con una pasta fermentada con levadura, a la que han añadido canela y perlas de azúcar. Son algo más tochos, se sirven tibios o fríos –yo particularmente los prefiero calientes- y con azúcar por encima.

Pero en cuestión de bollería belga, mi favorito, sin duda, es el cramique, mucho menos popular fuera del país aunque aquí es todo un clásico básico. Se trata de un pan dulce con pasas, una especie de delicioso brioche grande que los belgas compran los domingos para desayunar, hacen rebanadas y toman con mucha mantequilla. No dejéis de probarlo.

Aunque nosotros oigamos francés y nos parezca todos lo mismo, los belgas y los franceses tienen una relación de amor-odio bastante intensa. La versión francesa de los chistes de Lepe son precisamente los chistes de belgas. Éstos se defienden diciendo que, sí, sí, mucho chiste, pero que los franceses en cuanto pueden se mudan a Bélgica –por el tema inmobiliario que os contaba antes-. De hecho, tienen algún debate lingüístico bastante gracioso como que, por ejemplo, los niños en los colegios belgas llaman a su profesora por Madame y su nombre de pila, y no su apellido –Madame Stéphanie, imaginemos-. Algo que a las profesoras francesas que trabajan aquí les sabe a cuerno quemado ya que en el país galo solo se denomina así a las madamas que dirigen los burdeles…

Y para terminar, os dejo con un vídeo del chico de moda en la música belga desde hace un par de años, Stromae. Hay incluso quienes lo han llegado a denominar “el nuevo Jacques Brel”. No sé si es un poco calentada o no – a mí esta canción me gusta bastante-, lo que sí es cierto es que ha sido reconocido con un montón de premios y muy bien tratado por la crítica. Una pena que en España no estemos más acostumbrados a cantar en francés.



Pss. Si os ha gustado la foto de hoy, no dejéis de pasaros por la web de Frederik Vercruysse, una verdadera delicia.


GOD BLESS AMERICA

Quién me iba a decir a mí hace unos años, europeísta convencida –entiéndanme, en cuanto a diseño y tendencias- y amante de los climas que no sobrepasan los 22 grados, que mi plan ideal a día de hoy sería mudarme a California o Nuevo México, en pleno verano abrumador y hacerme amiga de las lagartijas.

Y es que, si mi querida Raquel, de GT Fashion Diary, hablaba de Asutralia como el país de tendencia en 2014, desde luego yo en 2015 le paso el testigo a los USA. Y no me refiero a Manhattan, Calvin Klein, Gap y Sarah Jessica Parker (dios, ¿alguien les dirá a algunas que Sex & The City dejó de estar de moda hace 10 años?), sino a símbolos de los USA más profundo y rural, a su historia –que la tienen- y, como no podía ser de otra forma, a su versión menos plastificada y comercial.

Porque la decoración que nos inspira ya no viene de los países escandinavos, sino de la costa suroeste americana

Todo empezó sutilmente hace ya un par de años con la vuelta de las cuernas rollo western como elemento decorativo it. Siguió por los tapices de hilo y macramé a modo de cabezal, inspirados en el Palm Springs de los setenta. Y ha continuado hasta llegar a la invasión de los cactus en series, blogs deco y locales de moda de todo tipo –no creo haber visto tantos desde Curro Jiménez, aunque reconozco que a mí me encantan-. Lo que toca ahora son los elementos navajos, desde las fabulosas mantas de Hello Nipomo de las que ya os hablé aquí al atrapasueños de los indios Ojibwa, último must en la habitación de todo niño cool que se precie.

General Store. Imagen de Refinery 29

 Por sus tiendas preciosas

Hay mil ejemplos de ellas y a cada cual más inspiradora (en este post de los Better hay una lista bastante completa) pero sin duda mi favorita es General Store. Por su mezcla perfecta entre artesanos locales -su selección de cerámica californiana es lo más- y artículos vintage, por sus locales (hay dos) llenos de plantas y por ese aire bohemio y de comunidad que transmite. Aunque su primera sede fue creada por Serene Mitnik-Miller en San Francisco, siento predilección por la de Venice Beach. Probablemente tenga que ver con que su dueña es una de mis divas de vida y estilo.

Por Hannah Henderson

La propietaria de General Store de Venice Beach es de esas mujeres de las que os hablé hace un tiempo que parecen haber nacido recién salidas de la ducha, oliendo a lavanda y con un estilazo bohemio-casual –de pega, claro- que roza la perfección. Vive en una casa ideal que es una completa extensión de la preciosa tienda que posee, junto a su marido surfero barbudo, melenas e increíblemente atractivo, John Moore, y a sus dos niñas rubias ideales, Lennon y Costa. Mi objetivo vital es pasarme como casualmente por su tienda y acabar siendo su mejor amiga.

La familia Moore Henderson. Imagen de Kinfolk


Porque, efectivamente, no todo es Gap o Abercrombie & Fitch

Que no digo que estén mal, pero a mí personalmente me dice –y me gusta- mucho más Madewell, por ejemplo. Mucho denim, estampados ikat , cuadros por doquier. Una firma que respira ese estilo sureño de la América profunda pero en versión très chic (por cierto, recomiendo absolutamente su blog). Los pantalones que compré allí en mi última visita a Nueva York fueron sin duda la mejor inversión del verano. Una pena que Madewell solo envíe a Canada y Japón… Habrá que volver.

Imagen de Angi Weslch para Madewell


Porque el nuevo viaje de novios es hacer la ruta 66

Cuántos novios han optado por el viaje Nueva York-Cancún o Cancún-Nueva York…. Venga chicos, sed más originales. Ahora mismo me cogía un avión a Los Ángeles, un mapa y un coche de alquiler y ponía rumbo desde ahí a Chicago -sí, sí, casi 4.000 kilómetros- por la América más profunda: Arizona, Nuevo México, Oklahoma, Missouri… Un continente entero por descubrir y una verdadera prueba de fuego parejil -si volvéis juntos a casa, entonces de verdad será para toda la vida-.

Porque los marines son los nuevos personal trainers

Y si no, recapitulemos las prácticas deportivas de moda en los últimos meses. Primero fue el bootcamp por el Retiro, después el crossfit y ahora las sesiones de TRX… Poco más que añadir.

Strange Plants

¿Te has planteado alguna vez que la visión de unas rosas silvestres al anochecer puede producirnos la misma sensación de ensoñación y misterio que La Mariée de Chagall? ¿O la inquietud que genera una salvaje kudzu invadiendo –y ahogando- a un pobre pino es la misma que la versión del papa Inocencio X de Francis Bacon?

Esto es precisamente de lo que trata Strange Plants, un libro editado por Zio Baritaux y diseñado por Folch Studio que descubrí las pasadas navidades. Strange Plants explora la capacidad que tienen las plantas para crear en nosotros sentimientos muy parecidos a los que nos provoca el arte. Las admiramos, nos relajan, nos inspiran, nos conmueven o, porqué no, llegan a turbarnos. Jamás lo hubiera pensado de ese modo, aunque reconozco que me encanta la idea de tener arte en el salón.



La autora reune a veinticinco artistas de disciplinas muy distintas –fotógrafos, escultores, pintores o tatuadores-  y trata, a través de cercanas entrevistas y la muestra de sus trabajos, cómo las plantas les afectan, sobre todo, en la rutina personal. Es interesante ver cómo muchos de los artistas participantes tienen una tradición familiar “floral” detrás.

Y si el tema os parece interesante de por sí, el envoltorio es un auténtico regalo. En una preciosa tonalidad salmón, con un juego de tipografías mínimas y gigantes que funciona genial y una cartilla de seis pegatinas para customizar cada ejemplar a nuestro antojo.

Pssst... Cuántas veces hemos oído hablar desde que apareció Internet del triste adiós que deberíamos dar tarde o temprano a los libros en papel. Y fíjate por donde que, cuanto más avanza la tecnología y más desarrollamos nuestro pulgar a base de mensaje de whatsapp, mejores descubrimientos hago precisamente en formato tradicional.








Imágenes Zioxla.com