Las rosquillas de (la) Alegría

Nunca me ha gustado cocinar. Ni me gusta ni mucho menos se me da bien. Tengo tendencia a rebotar la información de una receta, eso de coger tres ingredientes e improvisar en mi caso nunca sale bien, ni en las ensaladas y, lo que es peor -y que me da mucha rabia-, olvido con bastante facilidad lo que comí hace tres horas, da igual si fue una pechuga de pollo sin sal en casa o un menú degustación en un dos estrellas Michelín.

Con este percal, ya os podéis imaginar que en casa yo siempre he sido la de los enchufes y la otra M el de los potajes. Sin embargo, el otro día caí en la cuenta de algo bien simple: en mi familia –como en muchas- las mejores historias discurren alrededor de una mesa y eso sí es algo que me gustaría continuar.

Nos hemos reído mil veces recordando aquel verano en que estuvimos más de dos semanas comiendo rosquillas sin parar porque mi abuela Alegría, mi tía Cándida -sí, las dos tienen nombres de lo más amoroso y que, además, les representan muy bien- y la vecina se equivocaron con las medidas y acabamos con tres calderos enormes llenos. La primera nochevieja con Martina en la que mi madre calcinó los cardos que tomamos desde siempre -menos aquel año, claro- por esas fechas. Los domingos de paella muuuuy pasada –porque aquí nos gusta el arroz así-, las cenas familiares de los viernes en mi casa, las natillas con sorpresa de la abuela…

El caso es que el tiempo pasa, algunos se van para que vengan otros y los roles van cambiando demasiado rápido. En esa melancolía estaba cuando fui consciente de que hay cosas que ya no se repetirán y, apunto de echarme a llorar, decidí tomar la delantera y hacer una lista de todas aquellas recetas que pretendo, como si fuera el director del museo de mi historia familiar, evitar a toda costa que se pierdan.

Canelones, albóndigas con tomate, croquetas, rosquillas…. Escribí en un folio, con rotulador grueso negro y en letras mayúsculas enormes, como si fuera un manifiesto.

El sábado pasado mi abuelo cumplió 82 y aproveché una visita sorpresa para emprender mi reto particular. Mi abuela ya no se acuerda bien de algunas recetas así que pedí ayuda a mi prima, la genia de la Thermomix, y entre las dos hicimos una versión actualizada de las rosquillas de Alegría. El primer ensayo se asemejó más a un roscón de reyes, las siguientes salieron más cuadradas que redondas, pero poco a poco fuimos pillándole el truco a la rosquillera –o rosco maker- como apuntaba la caja de aquel artilugio.

Y así, entre masas demasiado líquidas, aceites que saltan, fuegos que se encienden solos, rosquillas amorfas, mi abuela con el “échale un puñadico más de harina” y yo con el “pero cuánto es un puñadico exactamente” nos hicimos con otro recuerdo familiar. Y en la próxima merienda de rosquillas, podré contarle a Martina aquella vez que su yaya Alegría hizo rosquillas para más de dos semanas, o aquella otra en la que su madre por fin decidió recoger el testigo.

Sí, ya sé, las fotos son remalas. Pero, oigan, no estaba yo para controlar el aceite y esa masa informe y ponerme a la vez a juguetear  con la cámara. Las primeras experiencias, de una en una...

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