La vuelta

El verano está para desearlo con ganas cuando no llega. Y una vez estás inmersa en él, añorar tus rutinas, tu intimidad, tu cama, tus cosas… Tu tú de septiembre a junio. Por fin.




Todas las imágenes son de Dos más en la mesa

Ma belle Bruxelles

Allí estamos, pequeñitos, delante de la estatua. Foto de Dos más en la mesa


Techos altos, flores frescas, el cramique de los domingos mejor que los gofres, adoquines donde tropezarse mil veces, el mercado de los miércoles y la sopa del thai, parques escondidos, los cuberdons Léopold, el ballet de los sábados demasiado temprano, suelos que crujen, Jeu de Balle, amigos que son familia, las cenas a las siete, los platos de Royal Boch, el loquero de Tours & Taxis, tulipanes blancos, el speculoos, ascensores que se atascan, casas preciosas, y enormes, Víctor Horta, los pasteles del Arnaud, y del portugués, la lluvia, las gangas escandinavas, le Botanique, mantequilla salada, las bolsas de basura de colores, y bajarlas a la acera dos veces por semana, botellas vacías de vino Pour mon père, el mantel de la abuela, el árbol que salió de un hueso de aguacate, las clases de francés, el 92, Magritte, las rillettes, la silla Emmanuelle, el pan de espelta de l’Abbaye, levantarse a las seis, el coche del abuelo, la plaza Brugmann y la calle Darwin, los libros de Candide, Dille & Kamille, la cocina, los del quinto, y me temo que los del tercero, las cafeterías sin música, Ryanair, el pitillo negro y la camisa blanca, el Basic Fit, cortinas que tardan dos años, el Sablón, las cajas sorpresa de la Quincaillerie, y el codillo, el mercadillo vintage del primer domingo de cada mes, Saint Nicolas, el ici c’est comme ça, 1.500 kilómetros por carretera y casi cuatro años que parecen una vida. 

Propósitos de medio año

Yo soy mucho de hacer propósitos. Que los cumpla o no ya es otro cantar. Pero lo que es seguro es que nunca los hago en enero. Mis timings mentales han quedado bien marcados por el calendario escolar y siempre empiezo el año en septiembre. Es entonces cuando toca hacer nueva lista y, con la primavera, recapitular. Y, aunque hay algunos en los que debería trabajar mucho más, de estos puedo decir al menos que progreso adecuadamente:

Meryl Streep en el rodaje de La decisión de Sophie (1982), una de mis películas favoritas.


-Retomar placeres perdidos. Esas aficiones que me hacen feliz y que por cambios de hábitos y situaciones vitales he dejado de hacer y hasta se me había olvidado que disfrutaba tanto. 

Como la lectura. Un día empecé a echarla increíblemente de menos. Una sensación de angustia como la del justo momento en que te das cuenta de que has perdido algo importante. Así que comencé una lista de libros por leer inmensa en el móvil, que poco a poco voy tachando y volviendo a llenar.  O pintar con acuarelas, hacer más deporte, las plantas, las visitas a museos o pintarme las uñas. 

-Desintoxicación virtual. Las horas son las que son y para retomar unas cosas hay que desengancharse de otras. Como de las redes sociales, donde es tan fácil que se te pasen las horas sin darte cuenta. No voy a renegar ahora de ellas con lo que me inspiran, pero sí me las estoy tomando de otra forma. De momento, no pienso cuándo fue la última vez que publiqué y me he aficionado bastante a silenciar el móvil o a perderlo por casa con toda paz. 

-Soñar menos y cumplir más. Los propósitos están muy bien. Pero, a veces, me pierdo en el proceso de planear y planear sin llevar nada a la práctica. Y eso frustra. Así que he comenzado a dejar de mirar tanto a futuro y ver qué puedo hacer en el ahora que me haga feliz, en qué invertir las próximas 24 horas. Es como ponerse un cronómetro mental con un día de tiempo en el que tienes que dar todo lo posible de ti. Tampoco se trata de estresarse, pero cumplir este pequeño reto me está ayudando a ser más eficiente con mi tiempo, a no marear tanto la perdiz y, sobre todo, a irme a dormir satisfecha.

-Emprender. Esto lleva años en mi lista de deseos, más que de propósitos, y no me había atrevido nunca a tirarme a la piscina. Pero este año raro va a ser el año. Tengo una idea, un plan, amigas con las que compartirlo y, sobre todo, ganas. Los principios no están siendo fáciles, la verdad. Si ya es difícil inscribirse en la comuna en este país solo para vivir, imaginaos para hacerse autónomo y montar un negocio. En el último mes, he hecho un master en márgenes de venta, porcentajes de comisión, cuentas cuadradas, negociación con clientes y burócratas… Al final, el proyecto saldrá o no, pero tengo la sensación de que todo lo aprendido ya es mucho ganado.

-Be gentle with yourself. O más bien, con myself. Esta frase lleva colgada en la pared de mi escritorio desde el comienzo de los tiempos. Las cosas tienden a salir como no esperamos demasiadas veces y acabar flagelándonos, además de hacernos daño, no lleva a ninguna parte. Esto es mucho más fácil de decir que de hacer, pero en ello estamos. De momento, tengo amenazado a mi Pepito Grillo interior y en cuanto veo que empieza el ronroneo, le amordazo sin piedad y me pongo a hacer cosas. ¿Qué cosas? Cualquiera que me recuerde todo lo bueno que ya tengo alrededor.

Perfection

Imagen de George Angelis

Me topé hace unos días con esta foto y no he podido dejar de compartirla. Me parece el summum del normcore ese tan de moda últimamente, que todas ansiamos y tan difícil es de conseguir –que no se engañe nadie-.

La modelo es Tilda Lindstam saliendo de algún desfile hace año y medio. Sencilla, pero elegante y estilosa a más no poder.  ¿Cuál será la clave de este effortless tan perfecto? ¿Los vaqueros de aire vintage?, ¿la camisa de hombros caídos y los puños remangados?,  ¿o esa lencería sutil que parece asomarse por debajo? Si alguien lo sabe, ruego lo comparta.

How to be Belgian wherever you are (III). Los tres últimos imprescindibles del armario de las bruxelloises

Imagen vía Death by Elocution


En este mundo tan hipercomunicado y cada vez más homogéneo, identificar una manera de vestir propia de un país o de una ciudad es bastante complicado. Sobre todo si se trata de una ciudad como Bruselas, cuya naturaleza es precisamente ser punto de encuentro de gente variopinta de todos los sitios. Cuando Raquel, de GT Fashion Diary, me preguntó sobre este tema hace más de un año me resultó difícil dar una opinión sobre si las bruxelloises tienen o no un estilo propio. Hoy sigo sin tenerlo claro pero este otoño-invierno desde luego ellas parecen haberse puesto de acuerdo sobre los tres básicos que meter en el armario:

-El abrigo batín. Corto a la cadera, hasta la rodilla o extralargo. Y en cámel, gris oscuro o perla, negro, verde. Las opciones son muchas pero la pauta es para todas la misma: cinturón siempre. Las bruxelloises han proclamado a este súper clásico como el abrigo de la temporada y no hay estilosa que no se paseé por el adoquinado belga con él, tanto si va de casual como más formal. 

Hace como cinco inviernos, cuando las revistas de moda elogiaban el aire setentas del abrigo batín de Max Mara, decidí tirarme a la piscina y comprarme uno. Pero el mío no era de Max Mara y no me quedaba como a la piernilarga del anuncio así que me resigné y asumí que sería la prenda menos amortizada de la historia de mi armario. Y, mira por donde, nos hemos reencontrado años después con el amor del primer día.

Imágenes de Damoye Shop y Audrey Lombard

-Punto oversize. Aunque ya os digo que el abrigo batín es el rey, es cierto que este no hizo acto de presencia hasta bien entrado diciembre (porque sí, a la gris Bruselas también llega el efecto invernadero y el otoño ha sido inusualmente caluroso). Hasta entonces, ni gabardinas, ni perfectos de piel, ni abrigos ligeros. Todo eran capa sobre capa y, coronando, chaquetas de punto grueso en amoroso mohair. De mangas anchas, hombros caídos y un corte recto un tanto desestructurado. Un rollo tirado -que no dejado- fácil y favorecedor.

-Tobillos al aire. Esta tendencia más o menos generalizada en todos lados en primavera ha marcado increíblemente el calzado de las bruxelloises que, llegado el invierno, siguen negándose a llevar botas de ningún tipo ya estemos a quince grados o a menos dos y cayendo chuzos de punta. Alguna, como mucho, se dejará ver con un botín tobillero (y también enseñando un pelín de carne) pero la mayoría se han rendido a los zapatos masculinos de suela gruesa o las deportivas blancas (las Stand Smith, que son una verdadera plaga desde el año pasado, pero también las Vans o las Veja). En cuestión de climatología, nadie duda de que las belgas tienen la piel bien curtida, así que de calcetines ni hablamos.

Imágenes de pinterest aquí y aquí