Ma belle Bruxelles

Allí estamos, pequeñitos, delante de la estatua. Foto de Dos más en la mesa


Techos altos, flores frescas, el cramique de los domingos mejor que los gofres, adoquines donde tropezarse mil veces, el mercado de los miércoles y la sopa del thai, parques escondidos, los cuberdons Léopold, el ballet de los sábados demasiado temprano, suelos que crujen, Jeu de Balle, amigos que son familia, las cenas a las siete, los platos de Royal Boch, el loquero de Tours & Taxis, tulipanes blancos, el speculoos, ascensores que se atascan, casas preciosas, y enormes, Víctor Horta, los pasteles del Arnaud, y del portugués, la lluvia, las gangas escandinavas, le Botanique, mantequilla salada, las bolsas de basura de colores, y bajarlas a la acera dos veces por semana, botellas vacías de vino Pour mon père, el mantel de la abuela, el árbol que salió de un hueso de aguacate, las clases de francés, el 92, Magritte, las rillettes, la silla Emmanuelle, el pan de espelta de l’Abbaye, levantarse a las seis, el coche del abuelo, la plaza Brugmann y la calle Darwin, los libros de Candide, Dille & Kamille, la cocina, los del quinto, y me temo que los del tercero, las cafeterías sin música, Ryanair, el pitillo negro y la camisa blanca, el Basic Fit, cortinas que tardan dos años, el Sablón, las cajas sorpresa de la Quincaillerie, y el codillo, el mercadillo vintage del primer domingo de cada mes, Saint Nicolas, el ici c’est comme ça, 1.500 kilómetros por carretera y casi cuatro años que parecen una vida. 

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